viernes, 26 de febrero de 2016

Giovanni Sartori


Giovanni Sartori (1924) un joven de 92 años que ha vivido en intensidad y profundidad casi todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI, desarrollando una reflexión inteligente y pertinente sobre los sistemas políticos y el desarrollo de la democracia moderna. Al respecto, ha escrito libros emblemáticos entre otros “Qué es la democracia” y “Teoría de la democracia” (1997) “Homo videns, la sociedad teledirigida” (1998) . “Partidos Políticos”. “La sociedad multiétnica: pluralismo, multiculturalismo y extranjeros” (2011) y su último libro del 2015 “La carrera hacia ninguna parte”.

Sartori es un intelectual que no hace concesiones ni a la moda, ni a las masas y mucho menos a los grupos de poder, de allí que es duro y directo en algunas de sus apreciaciones. Dice: “Estamos en manos de políticos ignorantes que no conocen la Historia ni tienen Cultura. Solo se preocupan por conservar su sillón. Pasan el día escuchando la opinión del contrario y pensando en qué respuesta darle. Así no se construye nada. No hay líderes ni hombres de Estado.”

Su visión de la dinámica política y geopolítica contemporánea es crítica y polémica, opina que la Unión Europea es un edificio mal construido y se está derrumbando, que la Europa de los 28 es una entidad muerta, no existe.

Con respecto a los EEUU, los piensa en términos de poder dominante pero en decadencia que parecieran estar sobrepasados por la complejidad de la geopolítica internacional, obsesionados su clase dirigente en cómo dominar o controlar el mundo y que a nivel económico sólo les interesara China y el Asia en general. Ni Europa ni América Latina forman parte de los intereses estratégicos del imperio.

Con respecto a la cultura occidental y Europa en particular, asume el Islam como una amenaza en todo sentido y afirma: no podemos negarnos a nosotros mismos, valores y principios como tolerancia, igualdad entre los hombres y mujeres en nombre de un multiculturalismo que exige respeto pero no respeta. Para nosotros, europeos y occidentales, es inaceptable que se nos quiera imponer el anacronismo cultural y religioso de cierto Islam fanático y teocrático, en donde “la mujer es negada, velada, encerrada, poseída. El cuerpo de la mujer y su espíritu pertenece a todos pero no a ella y no es visto como lugar de libertad” (Kamel Daowd, escritor argelino).

Sartori es un crítico consecuente de la vieja política y hace una crítica sistemática de la izquierda y de la derecha. “La izquierda ha perdido su ideología (y terminan asumiendo cualquier cosa, incluido estúpidos y locos líderes mesiánicos)”. “A mi no me importa ni la derecha ni la izquierda, sino el sentido común”.

El futuro lo ve tenebroso, e identifica un proceso de violencia y guerras inéditas que giran en torno a cuatro elementos o características: terrorismo, globalización, tecnología y religión. “Este es un mundo que se está suicidando. Somos demasiados. Estamos indefensos ante los kamikazes de la fe, y la tolerancia, la gran conquista política de la Ilustración, se ha convertido en un peligro para nuestra seguridad. Cunde un pesimismo peligroso cercano a la rendición y un optimismo “tranquilista” que conduce a no hacer nada. La política y la democracia, dan la impresión de haberse agotado en sus propios vicios y limitaciones, especialmente el hecho de haberse divorciado, políticos y gobernantes, de una ética y unos valores.

El peso muerto que arrastramos en la tradición occidental de teorías e ideologías abstractas y utopías ilusas y confusas, no augura nada bueno, pareciera que el desastre es la única certeza del futuro. Se ha sustituido la visión optimista del progreso y la utopía por una proyección distópica de la humanidad en donde razón y locura se confunden y la construcción de armas cada vez más sofisticadas propicias a una guerra del fin del mundo resulta irracional desde todo punto de vista. La razón, la inteligencia y la cultura al servicio de la muerte y no de la vida. Sartori, a la altura de su larga vida, se niega a abandonar totalmente la esperanza de una profunda reforma política y de una democracia que conjugue libertad y justicia social. No lo dice, pero desde mi perspectiva hay que asumir una nueva utopía que combine las responsabilidades con la polis y las obligaciones con el domus, la fraternidad necesaria para el cuidado de la casa común, que ya no es una ciudad o una región si no la Tierra toda.

domingo, 31 de enero de 2016

"La Salida"


2016 se ha convertido en un año-encrucijada, o como diría Karl Jaspers, un tiempo-eje. Todo indica que es un año decisivo para la sociedad venezolana. La llamada crisis alcanzó sus bordes o límites, una crisis del modelo rentista petrolero que se venía agotando en los últimos 30 años y al mismo tiempo se venía advirtiendo por las voces más lúcidas de nuestro país, entre otros los emblemáticos Arturo Uslar Pietri y Juan Pablo Pérez Alfonso.

La crisis económica y social ha sido recurrente en estas últimas tres décadas, con sus respectivas coyunturas de crisis política. La primera advertencia visible fue el viernes negro de 1983, después el Caracazo de 1989, en parte espontáneo y en parte inducido, y por último, la intentona golpista de 1992, la renuncia de Carlos Andrés Pérez, y en 1998 la elección popular del antiguo golpista. Transcurridos 17 años, no sólo la crisis no se ha resuelto sino se ha agravado hasta niveles dramáticos, creando en este año un verdadero problema de gobernabilidad y vacío de poder que debiera obligar al gobierno a intentar un diálogo con la oposición, de lo contrario la oposición está casi obligada como aparentemente intenta hacerlo, de buscar una “Salida” constitucional con la urgencia que la crisis económica y social demanda.

“La Salida” que los hechos demandan, pudiera ser un diálogo constructivo tal como lo planteó hace dos años el ex-presidente brasileño, Lula, y en los últimos meses, Eduardo Fernández. Este posible diálogo debería comenzar con un gesto político de respeto mutuo y reconciliación nacional entre gobierno y oposición, asumiendo por unanimidad la Ley de Amnistía y el regreso de los exiliados. Sobre esta base se asumiría la urgente y grave problemática económica y social para concertar soluciones prácticas y efectivas, más allá de ideologías y doctrinas excluyentes. En la construcción de este deseable diálogo todos somos responsables, pero es al gobierno al que le toca tomar la iniciativa al respecto.

Si el gobierno no entiende el momento político y la gravedad de la situación, es inevitable que el país político tenga que explorar y transitar las diversas vías constitucionales que permitan generar, lo más pronto posible, un cambio de gobierno y un cambio de políticas.

El tiempo de la crisis, aparentemente, se agota en este año 2016, pero como tantas veces se ha dicho y repetido los peores tiempos pudieran terminar convirtiéndose en los mejores tiempos, si encaramos las problemáticas actuales con la sensatez necesaria y transitamos todos los cauces legales y pacíficos que una democracia efectiva nos exige, en ello todos ganamos, gana Venezuela y los costos políticos, económicos y sociales disminuirían considerablemente y facilitarían una transición en donde todos los actores políticos tendrían cabida.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Una Política para una nueva Utopía

En el siglo XXI, prácticamente han sido canceladas todas las ilusiones y las utopías de la modernidad, fundamentalmente la idea de progreso y sus diversas derivaciones particularmente las palabras: modernización, desarrollo y revolución. Las palabras: progreso, que implica los conceptos de modernización, de desarrollo y revolución, nos remiten a la idea “de otro mundo posible anhelado”. Después de tres siglos convulsionados y trágicos, sin lugar a dudas, la humanidad, o por lo menos parte de ella, ha avanzado, pero ya muy pocos siguen pensando que éste es el mejor mundo posible. En consecuencia se nos obliga a elaborar nuevas utopías y paradigmas políticos que vayan más allá de los conceptos aludidos.

La humanidad en este comienzo de siglo vive de manera agónica viejos y nuevos desafíos. La pobreza con su carga de desigualdades e injusticias, nos sigue acompañando y la tierra como casa común luce agotada y fatigada y en la perspectiva del desarrollo tecnológico y la unificación financiera del globo, la globalización se presenta como amenaza y oportunidad. La globalización no puede ser la simple proyección de las hegemonías geopolíticas sino una oportunidad para desarrollar sistemas políticos locales, regionales y mundiales que fusionen “polis” y “domus”, como dice José Laguna, “que integre justicia y cuidado”.

En la realidad histórica cabe todo y estamos todos, es lo real en presencia, profundidad y expansión “solo si la realidad puede dar más de sí, es posible plantearse políticas con alma escatológica, capaces de inaugurar futuros no predichos”. La humanidad es una sola, en el sentido ontológico, pero sólo es comprensible desde la multiculturalidad, una y diversa.

La historia no es solo lo que va siendo predeterminado, como lo plantea la teoría del progreso sino es la historia viva, indeterminada, lo que va siendo-haciéndose (nos reproducimos culturalmente, idénticos a sí mismos, pero igualmente creando novedades y no solo artísticas y tecnológicas).

“La historia no se predice, se produce… lo real abarca tanto lo actual como lo posible”.

El progreso de todos va a depender de las oportunidades reales para todos y la capacitación a una escala planetaria que permita convertir derechos abstractos en libertades reales para todos y cada uno. Como dice José Laguna: tenemos que abrirnos a un “progreso capacitante”.

Qué hacer y cómo hacer para “engendrar futuro” en términos de progreso real, cuantitativo y cualitativo y no simplemente más de los mismo, aunque lo disfracemos de novedad, un poco a la manera de la moda en las sociedades abiertas o la revolución en las sociedades cerradas.

Si bien en la evolución histórica podemos identificar una fuerza homogeneizante, como el hombre unidimensional de Marcuse, o la visión de totalidad y progreso de Hegel, o el autodesenvolvimiento de la razón de Kant, en realidad la historia realmente avanza cuando logra integrar los que viven al margen, lo prohibido, el tabú, o la exclusión en general, como las llama Laguna: las “anomalías”.

En esta modernidad líquida, como fue llamada, donde todo es moldeable y adaptable, incluyendo la moral, y en donde todo está permitido si aceptamos la tesis de la muerte de Dios, la globalización y todo lo inherente a ella se convierten en datos empíricos no tanto para calificar o descalificar sino desafíos para desde una nueva política intentar definir las nuevas utopías del siglo. El primer desafío es la superación de los “ismos” anacrónicos que nos siguen acompañando, así como categorías políticas cada día más vacías: desarrollismo, liberalismo, nacionalismo, revolucionarismo, nazismo, fascismo, socialismos, comunismos. Inlusive ya los términos de izquierdas y derechas cada vía van significando menos, y tienden a confundir la percepción real de lo real sobre esquemas ideológicos y teorías cada vez más anacrónicas. Categorías teóricamente cada vez más insuficientes para explicar y proyectar la dinámica real de esta humanidad que no termina de abandonar el siglo XX y no empieza a construir algo diferente y mejor en este siglo XXI que recién comienza. Estamos en presencia de un cambio profundo de paradigmas y realidades, y frente a estas complejas y amenazantes realidades, en donde una vez más la guerra y la paz vuelven a hacer nuestros desafíos mayores, muchos nos proponen que repensemos la política desde conceptos fundamentales y Laguna, concretamente, nos propone repensar la política desde la “polis” y el “domus”, como él dice “todo viene determinado por la necesidad de conciliar contrato social y fraternidad en el discurso y la práctica política.”

La modernidad se inauguró políticamente con la declaración de los derechos del ciudadano en 1789 y las tres palabras-programa que han inspirado toda la acción política de la modernidad: libertad, igual y fraternidad; siendo esta última la palabra olvidada y quizás la que más urgentemente hay que recuperar, ya que con la fraternidad es como realmente estaríamos garantizando la libertad y la igualdad.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Identidad, sociedad y cultura



Necesitamos un pueblo, aunque sólo sea por
las ganas de marcharnos. Ser de un pueblo quiere
decir no estar solo, saber que en la gente, en las plantas,
en la tierra hay algo tuyo que incluso cuando no estás
sigue esperándote”.

Cesare Pavese
Escritor
(1908-1950)


Una sociedad existe en el tiempo y en el espacio, es histórica y sus límites están configurados por una lengua y una o varias culturas. Existe una identidad ontológica, alma o espíritu de un pueblo, como lo denomina Herder. Otros se limitan a su morfología, rasgos o características externas de una cultura lo que nos permite hablar de ideas, representaciones, símbolos, idearios e imaginarios, además de identificar usos, costumbres, tradiciones, religión y mentalidades.
La identidad de un pueblo es real, en permanente evolución. La identidad es lingüística, antropológica, social e histórica y que permite identificar los rasgos dominantes de una nación o de un país.
Una Sociedad no es estática, ni en el tiempo y ni siquiera en el espacio, va haciéndose, se transforma y evoluciona, inclusive sus bases antropológicas originales son transformadas con la incorporación permanente de nuevos grupos humanos de orígen étnicos diversos y con su rica carga antropológica y cultural. Los pueblos van siendo, aunque tengan la tendencia a arraigarse en traciones y costumbres, usos y creencias ancestrales o milenarias.
En nuestro caso particular, Venezuela es multidiversa, tanto en sus orígenes como en su desarrollo. Producto de un fecundo mestizaje que no cesa de recrearse así mismo. El país ancestral indígena era y sigue siendo diverso y las influencias posteriores migratorias, europeas y africanas, igualmente eran diversas y en muchos casos, antagónicas. Producto de este crisol de la historia nuestro país se va haciendo y va consolidando rasgos definitorios que lo particularizan sin menoscabo de la universalidad.
El tema de la identidad cultural nos conduce a una visión histórica pluricultural. En América Latina, el tema de la identidad ha ocupado a intelectuales y políticos y ha generado múltiples y polémicas respuestas. Contaminado por la discusión política e ideológica, la polémica no cesa y particularmente cuando el tema se convierte en un tema político y de legitimación del poder. Abordar intelectualmente el tema de la identidad es posible siempre y cuando el hilo conductor sea el estudio serio y sistemático de toda la literatura existente al respecto además de la observación científica de la propia realidad. En el siglo XVI se forma una primera idea de nuestra identidad a través de la experiencia y los escritos de viajeros, exploradores y evangelizadores, idea fuertemente influida por la cultura europea. El propio Colón forma parte de esta primera visión y confusión al creer que había llegado a las Indias Occidentales y cuando intuye que pudiera ser un nuevo continente termina asimilándolo al mito del paraíso terrenal.
En esta cadena de equívocos iniciales y a medida que los europeos recorren y “descubren” el continente, lo van asimilando al mito de la “Atlántida” o la “última Thule”. Américo Vespucci no cayó en este tipo de error y vio lo que tenia que ver, aunque un cartógrafo despistado le dio su nombre al Continente, identificándolo como Orbe Novo o Nuevo Mundo. “En una perspectiva eurocéntrica, conquistadores y cronistas, fueron nuestros primeros fabuladores, se escamoteó la realidad indígena y se inventó el mito del Nuevo Mundo” (Lombardi, Ángel. “Sobre la Identidad y la Unidad Latinoamericana”, Academia de la Historia. Caracas (1989) Pág. 20.
En los siglos subsiguientes, XVII, XVIII y XIX, fueron los viajeros y naturalistas y algunos filósofos, quienes vinculan a este Continente, no ya con algunos mitos de la antigüedad sino con los mitos renacentistas de la sociedad o república ideal, en particular con la idea de utopía, como una especie de escape o evasión hacia adelante. Después vino la emancipación política con sus ideólogos negadores de la herencia hispana y el entronque o filiación con los movimientos revolucionarios de Inglaterra, Francia, Europa en general y los Estados Unidos.
Frente al desorden y anarquía, violencia, inestabilidad y atraso de casi todos nuestros países en el siglo XIX y XX, surge un grupo de pensadores, que desarrollan una visión “pesimista” de nuestra realidad e identidad; particularmente influyentes en todo el pensamiento latinoamericano, fueron las tesis de D.F. Sarmiento, C.O. Bunge, A. Arguedas, J. Ingenieros, S. Ramos, J.B. Alberdi, G. Freyre, E. Martínez Estrada, H. Murena, O. Paz y algunos otros, tendencia “pesimista” que continua hasta nuestros días y que nuestro Augusto Mijares le salió al paso con un libro emblemático: “La interpretación pesimista de la sociología hispanoamericana” (1952).
En este contexto y en esta tendencia se inscriben muchas preguntas y respuestas sobre nuestro ”ser nacional” que terminó configurando toda una ideología del desencanto, frustración y desolación y que afectó a muchos de nuestros intelectuales y políticos y a algunos integrantes de nuestras “élites”. Fue el famoso “exilio interior” de algunos; el “finis patriae” de otros y el suicidio de algunos de nuestros mejores escritores.
En algunos casos, esta problemática o visión negativa de nuestro “ser nacional” ya no era una visión ontológica o metafísica como una especie de fatalismo o destino nacional a través de la identificación de causas históricas concretas que eran limitaciones objetivas, pero que debían y podían ser superadas. Otra tendencia, como respuesta a lo anterior, se afirma sobre una visión “optimista” del país y unas “cualidades” que el “pueblo” poseía.
Extranjerizantes y criollistas polarizaron una dialéctica (tesis-antítesis) que a nuestro juicio , todavía no ha producido la “síntesis” necesaria, que nos permita reconocernos como un colectivo nacional, con “virtudes” y “defectos”, como es lógico pensar que tenemos, y que nos permita elaborar un proyecto político, fundamentalmente educativo y cultural, que potencie nuestras posibilidades y disminuya o neutralice nuestras limitaciones. Ningún pueblo se suicida y ninguna sociedad se niega a avanzar, progresar y a cambiar. Venezuela y los venezolanos no somos la excepción. Antropológica y culturalmente tenemos rasgos propios y definitorios así como tenemos una lengua española castellana compartida con otros, pueblos pero que se particulariza en un “habla venezolana” que el lingüista Ángel Rosemblat, entre otros ayudó a definir, especialmente en ese delicioso e importante libro: “Buenas y malas palabras”. Andrés Bello se ocupó, con su gramática, en “fijar” una lengua española común en el continente hispano-americano que hoy nos permite entendernos y comunicarnos directamente sin menoscabo de las modalidades locales, regionales y nacionales, que enriquecen y dinamizan nuestra lengua común. En Venezuela es “sabroso” oír hablar a nuestros andinos, orientales, capitalinos, “maracuchos”, etc., en una lengua común y diferente al mismo tiempo.
Algunos autores identifican rasgos que vienen de la Venezuela rural, inconvenientes para la vida moderna: conductas “nepóticas”, “clánicas” o “tribales” que se trasladan al mundo social, económico y político. El famoso “compadrazgo” rural, en algunos casos, cumplía funciones de cohesión y protección pero en otros, era la complicidad automática y la permisividad cómplice. Hoy hablamos de “amiguismo”, de “carnet” partidista o de “listas políticas” para mantener la “exclusión” y niveles primitivos de participación social.
Igualmente se identifican rasgos, usos y costumbres, vinculados a la “pobreza” que resultan inconvenientes para el progreso personal y nacional, como por ejemplo, asumir la pobreza como un fatalismo o destino que nos conduce al conformismo y a la pasividad, y a depender de otros, particularmente del gobierno o del Estado.
Una mentalidad muy generalizada es el pensamiento mágico, de una riqueza saudita producto del azar y la suerte y que se nos da “porque sí” sin esfuerzo alguno, rasgo éste acentuado por cierta “subcultura del petróleo” o más bien “anticultura” que en Venezuela todos identificamos con el “sauditismo” que alcanzó su cima en los 70’ y 80’ del siglo pasado con el “boom petrolero” y que hoy tiende a reproducirse en este nuevo “boom petrolero” y su “boliburguesía” arribista de recién llegados.
En función de esto, algunos autores hablan de una “sociedad enferma” o extraviada que en su extravío y confusión, empezando por las “élites”, han propiciado otro rasgo anacrónico nacional, que en el plano político, se ha expresado en el culto a “la gorra” como si estuviéramos atrapados en la profecía del Libertador, de no terminar de salir nunca del “cuartel”. Mucha tinta ha corrido y corre sobre nuestra “incapacidad” para administrar la riqueza petrolera confundiendo corrupción e ineficiencia, perfectamente controlable en términos legales y políticos como un rasgo nacional que tenemos que tolerar.
Otro expediente cómodo ha sido, especialmente en nuestras “élites”, gobernantes y clases dirigentes, recurrir al “antiyanquismo” y el “anti-imperialismo” o la “burguesía” o la “derecha” identificados como el enemigo interno y externo para responsabilizar a cualquiera menos a nosotros mismos. En los años 70’ del siglo XX se elaboró una teoría al respecto ampliamente difundida, “la teoría de la dualidad y la dependencia” que trasladaba la responsabilidad del atraso a una relación de dependencia colonial o neocolonial. El sentido común nos indica que los principales responsables de nuestra realidad y destino somos nosotros mismos y que es muy cómodo no asumir nuestras responsabilidades, anulando o escamoteando un principio fundamental de la ciudadanía y la modernidad, que somos o debemos ser, “seres libres y responsables”. La sociedad contemporánea no deja de ser lo que es, en su identidad básica, es decir, lengua, costumbres, mentalidades y cultura en general, pero obligado a convivir en la diversidad cultural y civilizatoria, debe abrirse de manera amplia y dinámica, a esa diversidad, hacia adetro y hacia afuera sin menoscabo de su “originalidad” como pueblo y cultura, asumiendo de manera apropiada el principio del “uno y múltiple”. En el mundo de hoy hay una fuerte tendencia a la homogeneidad industrial, urbana y tecnológica pero igualmente subsisten “las diversidades”; que a mi juicio, no son incompatibles y en cierto sentido terminan siendo necesarias. Compartimos una morada común: la Tierra, y podemos y debemos compartir un futuro común.
C. Levy Strauss decía en algunos de sus textos, “la identidad es una especie de recurso necesario para explicar un montón de cosas pero que en si misma carece de existencia real”. Nuestra identidad no es otra cosa que nuestra historia. En cada individuo hay un sentimiento telúrico de pertenencia a un lugar; es el “omphalo” griego que en la modernidad se asume como “nacionalidad”. Igualmente hay unos símbolos compartidos, una lengua, una cultura, un pasado-presente-futuro común.
Igualmente nos identificamos por “oposición” y por “semejanza” a algo o a alguien. Nos creemos “únicos y especiales” y “diferentes”, aunque cada vez, ésto es menos verdad en el mundo contemporáneo, crecientemente integrado y cada vez mas intensamente comunicado.
La “cultura” nos “separa” y nos “conecta”. Definidos desde “afuera” y desde “adentro” hay como una “leyenda negra” y una “leyenda dorada” de nosotros mismos.
Lo importante es “identificarnos” como realmente somos, desde un “ser” histórico específico, en función de un “deber ser” compartido por la mayoría como cultura, armonía y consciencia de pueblo, como país, y nación estado y también como humanidad. El etnocentrismo histórico y la endogamia cultural ya no definen la historia; somos pueblos acompañados por otros pueblos, en igualdad de derechos y debemos tratar de lograr la igualdad de oportunidades.
La gran utopía contemporánea, y a mi juicio la prioridad de nuestro tiempo, en términos sociales y políticos, es hacer posible la fraternidad, sobre la base del diálogo y la libertad sustentada en la fraternidad. Comunicación en la diversidad y acortando o aminorando los múltiples desequilibrios que en lo económico, social y ambiental hemos propiciado. Somos diversos, pero la humanidad es una sola.
Las raíces de la sociedad venezolana se pierden en el tiempo y sólo a partir de los siglos XVII y XVIII se puede identificar una incipiente y difusa consciencia y cultura nacional, expresada historiograficamente por J. Oviedo y Baños (1671-1738) en su importante obra “Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela”, (1723). En esta misma tradición se inscribe el ensayo de A. Bello (1781-1865) “Resumen de la Historia de Venezuela” (1808); en ambos libros se expresa una idea de país, el de una sociedad y una cultura nacional en formación cuya expresión concreta, a nivel histórico, es la creación de la Capitanía General de Venezuela en 1777 y la posterior Independencia de 1810-1830.
En 1830, consolidada la emancipación y disuelta la Gran Colombia, se siente la necesidad de identificar al país en términos historiográficos y cartográficos precisos y la tarea le es asignada a R. M. Baralt (1810-1860) y Agustín Codazzi (1793-1859) respectivamente. De ese esfuerzo surge la monumental obra que es el “Resumen de la Historia de Venezuela” (1841) de Baralt y el “Resumen de la Geografía de Venezuela, Mapa general de Venezuela y Atlas Físico y Político de la República” (1841) de Codazzi; es el retrato oficial del país que intenta conocerse y reconocerse, el pasado indígena y colonial; la epopeya emancipadora y la poderosa figura de Bolívar como padre fundador de la Patria.
Casi 100 años después, otro historiador, J. G. Fortoul (1861-1943) y otra historia por encargo, “Historia Constitucional de Venezuela” (1906), cumple una tarea parecida, identificar y fijar el proceso histórico nacional.
En los albores del siglo XX, Venezuela es un país que se reconoce a si mismo, como sociedad y cultura nacional, en su especificidad, características y valores identitarios; Venezuela, como Estado o Nación es un hecho incontrovertible de la historia y en el siglo XX, alcanza de manera definitiva sus perfiles sociales y culturales, como una identidad sentida y asumida por todos los habitantes de esta tierra.
Hay una historia nacional historiograficamente expresada y una cultura propia y específica cuyos rasgos mas sobresalientes nos expresan e identifican a todos los venezolanos. Etnográficamente y antropológicamente se le da su justo valor a nuestro mestizaje. Se asume la “evangelización” católica como otro rasgo distintivo. La “cultura popular” se convierte en nuestra carta de identidad por excelencia: lengua, usos, costumbres, tradiciones, música, gastronomía; todos se identifican con todos en la manera de ser venezolano. Hay un ideario y una simbología y un imaginario venezolano. Diversos autores, escritores y artistas, desarrollan una obra importante de auto-reconocimiento; para citar algunos, a nuestro juicio emblemáticos por su aceptación y difusión en el colectivo, tenemos a Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Mario Briceño Iragorry, M. Picón Salas y A. Uslar Pietri.
Con todo derecho podemos hablar de un pensamiento, un arte y una literatura nacional de fuerte entronque latinoamericano y múltiples influencias, en particular europeas y norteamericanas.
El siglo XX, en términos sociales y culturales, fue dinámico y positivo. Se desarrolló una sociedad moderna y una cultura cosmopolita sin menoscabo de la fuerte presencia de lo popular en nuestra vida colectiva. Aparece el petróleo, hecho que perturba y dinamiza, como ningún otro factor, a nuestro proceso socio-cultural y posibilita, a nivel político, el desarrollo de un proyecto democrático.
Un país nunca termia de hacerse y Venezuela no es la excepción; pero este comienzo del siglo XXI nos encuentra en una encrucijada difícil y problemática pero nunca más preparados, en términos de recursos humanos y capital social, para enfrentar exitosamente el futuro. Hay que seguir desarrollando el proyecto democrático como un proyecto civilizatorio; corregir sus desviaciones autoritarias y sus tentaciones totalitarias y dotarla de un alto sentido social.
Venezuela, como tantos otros países de América Latina, participa de realidades complejas y difíciles, sometida a fuertes desigualdades y desequilibrios. En nosotros conviven tiempos históricos diferentes, en algunos casos, antagónicos entre si. Nuestra sociedad es de una complejidad creciente y sometida a un cambio incesante. Nuestro proceso de modernización y urbanismo, fue muy acelerado y por consiguiente, traumático en muchos aspectos. El atraso y las injusticias, así como la violencia, tienden a imponerse más allá de lo tolerable. El venezolano “bueno” existe y nuestro pueblo tiende a ser asumido en general en términos positivos: abierto, amable, amigable, generoso; pero igualmente existe un venezolano que no termina de asumir sus responsabilidades, alejado de la educación y con un a fuerte carga de “orfandad psíquica” y complejos y resentimientos sociales.
Una sociedad es una historia, al igual que una cultura es histórica, es decir, un “continium” tempo-espacial; una cronotopía que se va haciendo, de allí lo fascinante que es la invitación a seguir haciendo a Venezuela cada vez mejor; ello nos obliga a todos y a cada uno de los venezolanos, a asumir nuestras responsabilidades, a colocarnos y prepararnos para ello, en el entendido que un país es un pasado pero fundamentalmente un futuro que siempre comienza siendo un presente.
Venezuela es una herencia y un capital; es una obligación y una oportunidad; un patrimonio, fundamentalmente espiritual y cultural. El país está constituido por seres que ya no nos acompañan los ancestros, por los contemporáneos y por los no nacidos todavía, esos contemporáneos del futuro, que nos obligan en nuestro presente, al máximo esfuerzo y al mejor resultado. Una patria es fundamentalmente un sentimiento de gratitud e identificación y un compromiso de servicio, permanente y generoso.
Nuestro ilustre M. Picón Salas decía: “En la lengua española el instrumento de identificación mayor…idioma e historia…tienden un sentimiento de fraternidad entre nuestros pueblos. Toca a los escritores y pensadores de nuestros países fortalecer cada vez más las bases de ese entendimiento, y desenvolver la dialéctica con que suba al plano de la consciencia activa lo que hasta ahora vivimos como puro impulso emocional”.
Los seres humanos vivimos, una y muchas patrias; el “terruño”, la “matría”, la patria nacional y la patria grande latinoamericana, y frente a estas realidades las asumimos desde la política y la cultura como realidades y posibilidades creativas.
El pasado, igualmente es uno solo; la historia no se repite, pero puede ser interpretada de diferentes maneras. Como diría Augusto Mijares, podemos asumir una óptica pesimista de “sembradores de cenizas”, como si el destino histórico fuera un fatalismo para la derrota y el fracaso y no como nos impulsa a pensar el mismo autor: “lo afirmativo” construido a fuerza de civilidad y cultura. Hecho el balance de nuestra historia no tengo la menor duda sobre lo “afirmativo venezolano” como rasgo dominante de nuestra sociedad y cultura, sin menoscabo de la necesaria autocrítica, para corregir y seguir avanzando.




Referencias:
Lombardi, Ángel (1989). Sobre la Identidad y la Unidad Latinoamericana. Caracas. Academia Nacional de la Historia.
Lombardi. Ángel (1969). Introducción a la Historia. Cuatro Ediciones. La Universidad del Zulia (LUZ) y Universidad Católica Cecilio Acosta (UNICA)