martes, 28 de junio de 2016

El optimismo racional


El hombre moderno, consciente o no de ello, expresa fundamentalmente las ideas de la ilustración, que giran en torno a los conceptos de progreso y felicidad. La primera asume que gracias a la tecno-ciencia el futuro siempre es mejor que el pasado, y con respecto a la felicidad, ésta es un derecho humano fundamental y se materializa en la idea de felicidad objetiva, entendida como progreso material y felicidad subjetiva, que serían indicadores de oportunidad y satisfacción general de necesidades y expectativas.

En esta perspectiva, a pesar de las dificultades del presente, el futuro siempre llega y además podemos “construirlo”. Esta filosofía y mentalidad explica que a pesar de las dificultades siempre en algún momento podrán ser superadas.

La “crisis” es asumida como desafío y oportunidad, a pesar que sabemos que las crisis son producidas por nosotros mismos, por decisiones y actos humanos; de igual manera racionalmente las crisis pueden ser explicadas en sus causas, efectos y contextos. La crisis de los últimos años (1983-2016) puede ser asumida como una crisis histórica sistémica, el agotamiento del modelo rentista petrolero cuyas manifestaciones tempranas se remontan a finales de la década de los 70 del siglo pasado, cuando el llamado primer boom petrolero crea una abundancia fiscal de tal magnitud, que las élites gobernantes no supieron administrar con sentido común y que desbordó al estado y a la sociedad imposibilitados de “metabolizar” tal abundancia y crearon distorsiones de todo tipo: económicas, sociales, políticas, culturales y morales. La “gran Venezuela” terminó siendo una estafa histórica y un fraude monumental igual que con el segundo boom petrolero que le tocó administrar a este régimen, reiteraron el error con la peregrina y aventurera idea de país-potencia. De alguna manera enloquecieron los gobiernos y enloqueció la sociedad, por la abundancia, el facilismo y la corrupción. Perecimos por comodidad y complicidad.

El desarrollo de la crisis tuvo manifestaciones visibles indiscutibles. En 1983, con el “viernes negro”, empieza la devaluación de nuestra moneda que ha continuado hasta el presente alcanzando niveles catastróficos. En 1989, la explosión social, simbolizada en el Caracazo, y la conspiración de las logias militares y sectores de izquierda.

En 1992 las intentonas golpistas y posteriormente el enjuiciamiento y destitución del presidente de la República, y en 1998 el triunfo electoral del comandante golpista. Todos estos hechos y circunstancias condujeron en los últimos 17 años a este régimen destructor de la institucionalidad democrática y del tejido social y que terminó arruinando a la economía y a la sociedad, régimen que por comodidad teórica, sin analizar, entro a calificar como fascio-comunismo o una revolución-reaccionaria.

A pesar de todo y para ser fiel al título, el país saldrá de ésta y recuperaremos a plenitud democracia y prosperidad, al fin de cuentas, siempre ha sido así, cada tanto tiempo a cada sociedad le toca vivir esta historia cíclica de tiempos malos y tiempos buenos. En lo personal apuesto a lo último y en un plazo relativamente breve.

viernes, 26 de febrero de 2016

Giovanni Sartori


Giovanni Sartori (1924) un joven de 92 años que ha vivido en intensidad y profundidad casi todo el siglo XX y lo que llevamos del XXI, desarrollando una reflexión inteligente y pertinente sobre los sistemas políticos y el desarrollo de la democracia moderna. Al respecto, ha escrito libros emblemáticos entre otros “Qué es la democracia” y “Teoría de la democracia” (1997) “Homo videns, la sociedad teledirigida” (1998) . “Partidos Políticos”. “La sociedad multiétnica: pluralismo, multiculturalismo y extranjeros” (2011) y su último libro del 2015 “La carrera hacia ninguna parte”.

Sartori es un intelectual que no hace concesiones ni a la moda, ni a las masas y mucho menos a los grupos de poder, de allí que es duro y directo en algunas de sus apreciaciones. Dice: “Estamos en manos de políticos ignorantes que no conocen la Historia ni tienen Cultura. Solo se preocupan por conservar su sillón. Pasan el día escuchando la opinión del contrario y pensando en qué respuesta darle. Así no se construye nada. No hay líderes ni hombres de Estado.”

Su visión de la dinámica política y geopolítica contemporánea es crítica y polémica, opina que la Unión Europea es un edificio mal construido y se está derrumbando, que la Europa de los 28 es una entidad muerta, no existe.

Con respecto a los EEUU, los piensa en términos de poder dominante pero en decadencia que parecieran estar sobrepasados por la complejidad de la geopolítica internacional, obsesionados su clase dirigente en cómo dominar o controlar el mundo y que a nivel económico sólo les interesara China y el Asia en general. Ni Europa ni América Latina forman parte de los intereses estratégicos del imperio.

Con respecto a la cultura occidental y Europa en particular, asume el Islam como una amenaza en todo sentido y afirma: no podemos negarnos a nosotros mismos, valores y principios como tolerancia, igualdad entre los hombres y mujeres en nombre de un multiculturalismo que exige respeto pero no respeta. Para nosotros, europeos y occidentales, es inaceptable que se nos quiera imponer el anacronismo cultural y religioso de cierto Islam fanático y teocrático, en donde “la mujer es negada, velada, encerrada, poseída. El cuerpo de la mujer y su espíritu pertenece a todos pero no a ella y no es visto como lugar de libertad” (Kamel Daowd, escritor argelino).

Sartori es un crítico consecuente de la vieja política y hace una crítica sistemática de la izquierda y de la derecha. “La izquierda ha perdido su ideología (y terminan asumiendo cualquier cosa, incluido estúpidos y locos líderes mesiánicos)”. “A mi no me importa ni la derecha ni la izquierda, sino el sentido común”.

El futuro lo ve tenebroso, e identifica un proceso de violencia y guerras inéditas que giran en torno a cuatro elementos o características: terrorismo, globalización, tecnología y religión. “Este es un mundo que se está suicidando. Somos demasiados. Estamos indefensos ante los kamikazes de la fe, y la tolerancia, la gran conquista política de la Ilustración, se ha convertido en un peligro para nuestra seguridad. Cunde un pesimismo peligroso cercano a la rendición y un optimismo “tranquilista” que conduce a no hacer nada. La política y la democracia, dan la impresión de haberse agotado en sus propios vicios y limitaciones, especialmente el hecho de haberse divorciado, políticos y gobernantes, de una ética y unos valores.

El peso muerto que arrastramos en la tradición occidental de teorías e ideologías abstractas y utopías ilusas y confusas, no augura nada bueno, pareciera que el desastre es la única certeza del futuro. Se ha sustituido la visión optimista del progreso y la utopía por una proyección distópica de la humanidad en donde razón y locura se confunden y la construcción de armas cada vez más sofisticadas propicias a una guerra del fin del mundo resulta irracional desde todo punto de vista. La razón, la inteligencia y la cultura al servicio de la muerte y no de la vida. Sartori, a la altura de su larga vida, se niega a abandonar totalmente la esperanza de una profunda reforma política y de una democracia que conjugue libertad y justicia social. No lo dice, pero desde mi perspectiva hay que asumir una nueva utopía que combine las responsabilidades con la polis y las obligaciones con el domus, la fraternidad necesaria para el cuidado de la casa común, que ya no es una ciudad o una región si no la Tierra toda.

domingo, 31 de enero de 2016

"La Salida"


2016 se ha convertido en un año-encrucijada, o como diría Karl Jaspers, un tiempo-eje. Todo indica que es un año decisivo para la sociedad venezolana. La llamada crisis alcanzó sus bordes o límites, una crisis del modelo rentista petrolero que se venía agotando en los últimos 30 años y al mismo tiempo se venía advirtiendo por las voces más lúcidas de nuestro país, entre otros los emblemáticos Arturo Uslar Pietri y Juan Pablo Pérez Alfonso.

La crisis económica y social ha sido recurrente en estas últimas tres décadas, con sus respectivas coyunturas de crisis política. La primera advertencia visible fue el viernes negro de 1983, después el Caracazo de 1989, en parte espontáneo y en parte inducido, y por último, la intentona golpista de 1992, la renuncia de Carlos Andrés Pérez, y en 1998 la elección popular del antiguo golpista. Transcurridos 17 años, no sólo la crisis no se ha resuelto sino se ha agravado hasta niveles dramáticos, creando en este año un verdadero problema de gobernabilidad y vacío de poder que debiera obligar al gobierno a intentar un diálogo con la oposición, de lo contrario la oposición está casi obligada como aparentemente intenta hacerlo, de buscar una “Salida” constitucional con la urgencia que la crisis económica y social demanda.

“La Salida” que los hechos demandan, pudiera ser un diálogo constructivo tal como lo planteó hace dos años el ex-presidente brasileño, Lula, y en los últimos meses, Eduardo Fernández. Este posible diálogo debería comenzar con un gesto político de respeto mutuo y reconciliación nacional entre gobierno y oposición, asumiendo por unanimidad la Ley de Amnistía y el regreso de los exiliados. Sobre esta base se asumiría la urgente y grave problemática económica y social para concertar soluciones prácticas y efectivas, más allá de ideologías y doctrinas excluyentes. En la construcción de este deseable diálogo todos somos responsables, pero es al gobierno al que le toca tomar la iniciativa al respecto.

Si el gobierno no entiende el momento político y la gravedad de la situación, es inevitable que el país político tenga que explorar y transitar las diversas vías constitucionales que permitan generar, lo más pronto posible, un cambio de gobierno y un cambio de políticas.

El tiempo de la crisis, aparentemente, se agota en este año 2016, pero como tantas veces se ha dicho y repetido los peores tiempos pudieran terminar convirtiéndose en los mejores tiempos, si encaramos las problemáticas actuales con la sensatez necesaria y transitamos todos los cauces legales y pacíficos que una democracia efectiva nos exige, en ello todos ganamos, gana Venezuela y los costos políticos, económicos y sociales disminuirían considerablemente y facilitarían una transición en donde todos los actores políticos tendrían cabida.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Una Política para una nueva Utopía

En el siglo XXI, prácticamente han sido canceladas todas las ilusiones y las utopías de la modernidad, fundamentalmente la idea de progreso y sus diversas derivaciones particularmente las palabras: modernización, desarrollo y revolución. Las palabras: progreso, que implica los conceptos de modernización, de desarrollo y revolución, nos remiten a la idea “de otro mundo posible anhelado”. Después de tres siglos convulsionados y trágicos, sin lugar a dudas, la humanidad, o por lo menos parte de ella, ha avanzado, pero ya muy pocos siguen pensando que éste es el mejor mundo posible. En consecuencia se nos obliga a elaborar nuevas utopías y paradigmas políticos que vayan más allá de los conceptos aludidos.

La humanidad en este comienzo de siglo vive de manera agónica viejos y nuevos desafíos. La pobreza con su carga de desigualdades e injusticias, nos sigue acompañando y la tierra como casa común luce agotada y fatigada y en la perspectiva del desarrollo tecnológico y la unificación financiera del globo, la globalización se presenta como amenaza y oportunidad. La globalización no puede ser la simple proyección de las hegemonías geopolíticas sino una oportunidad para desarrollar sistemas políticos locales, regionales y mundiales que fusionen “polis” y “domus”, como dice José Laguna, “que integre justicia y cuidado”.

En la realidad histórica cabe todo y estamos todos, es lo real en presencia, profundidad y expansión “solo si la realidad puede dar más de sí, es posible plantearse políticas con alma escatológica, capaces de inaugurar futuros no predichos”. La humanidad es una sola, en el sentido ontológico, pero sólo es comprensible desde la multiculturalidad, una y diversa.

La historia no es solo lo que va siendo predeterminado, como lo plantea la teoría del progreso sino es la historia viva, indeterminada, lo que va siendo-haciéndose (nos reproducimos culturalmente, idénticos a sí mismos, pero igualmente creando novedades y no solo artísticas y tecnológicas).

“La historia no se predice, se produce… lo real abarca tanto lo actual como lo posible”.

El progreso de todos va a depender de las oportunidades reales para todos y la capacitación a una escala planetaria que permita convertir derechos abstractos en libertades reales para todos y cada uno. Como dice José Laguna: tenemos que abrirnos a un “progreso capacitante”.

Qué hacer y cómo hacer para “engendrar futuro” en términos de progreso real, cuantitativo y cualitativo y no simplemente más de los mismo, aunque lo disfracemos de novedad, un poco a la manera de la moda en las sociedades abiertas o la revolución en las sociedades cerradas.

Si bien en la evolución histórica podemos identificar una fuerza homogeneizante, como el hombre unidimensional de Marcuse, o la visión de totalidad y progreso de Hegel, o el autodesenvolvimiento de la razón de Kant, en realidad la historia realmente avanza cuando logra integrar los que viven al margen, lo prohibido, el tabú, o la exclusión en general, como las llama Laguna: las “anomalías”.

En esta modernidad líquida, como fue llamada, donde todo es moldeable y adaptable, incluyendo la moral, y en donde todo está permitido si aceptamos la tesis de la muerte de Dios, la globalización y todo lo inherente a ella se convierten en datos empíricos no tanto para calificar o descalificar sino desafíos para desde una nueva política intentar definir las nuevas utopías del siglo. El primer desafío es la superación de los “ismos” anacrónicos que nos siguen acompañando, así como categorías políticas cada día más vacías: desarrollismo, liberalismo, nacionalismo, revolucionarismo, nazismo, fascismo, socialismos, comunismos. Inlusive ya los términos de izquierdas y derechas cada vía van significando menos, y tienden a confundir la percepción real de lo real sobre esquemas ideológicos y teorías cada vez más anacrónicas. Categorías teóricamente cada vez más insuficientes para explicar y proyectar la dinámica real de esta humanidad que no termina de abandonar el siglo XX y no empieza a construir algo diferente y mejor en este siglo XXI que recién comienza. Estamos en presencia de un cambio profundo de paradigmas y realidades, y frente a estas complejas y amenazantes realidades, en donde una vez más la guerra y la paz vuelven a hacer nuestros desafíos mayores, muchos nos proponen que repensemos la política desde conceptos fundamentales y Laguna, concretamente, nos propone repensar la política desde la “polis” y el “domus”, como él dice “todo viene determinado por la necesidad de conciliar contrato social y fraternidad en el discurso y la práctica política.”

La modernidad se inauguró políticamente con la declaración de los derechos del ciudadano en 1789 y las tres palabras-programa que han inspirado toda la acción política de la modernidad: libertad, igual y fraternidad; siendo esta última la palabra olvidada y quizás la que más urgentemente hay que recuperar, ya que con la fraternidad es como realmente estaríamos garantizando la libertad y la igualdad.