jueves, 12 de octubre de 2017

Para una Ética Global


De todas las especies, solo la humana conoce o tiene una idea de Dios, pero pareciera empeñado en seguir viviendo como si no lo conociéramos. Para re-conocernos humanos, tampoco ha sido fácil, los primeros europeos en América se plantearon si el indígena era poseedor de alma, es decir, si era humano. Todavía hoy para el racista y el fundamentalista pareciera que la pregunta sobre la humanidad del “Otro” fuera pertinente. La intolerancia frente a lo diverso-diferente sigue siendo la cultura dominante a pesar de la consciencia universalizada de que somos UNA humanidad, siendo doctrina universal proclamada tanto los Derechos Humanos como la Tierra Casa Común. La palabra y el concepto FRATERNIDAD, sigue ausente del debate y cuando se asume como doctrina en discusión normalmente produce incomprensión y escándalo.

La humanidad: cada patria y cada cultura, sigue aferrada a su etnocentrismo endogámico, negador “del Otro”, y las ideologías de los múltiples “ismos” se retroalimentan en la confrontación y la guerra.

La fraternidad no solo se olvida como concepto sino que está dramáticamente ausente de nuestras praxis individuales y colectivas y para la mayoría sigue siendo un concepto abstracto que de manera cómoda se ubica en el campo de los ideales y de la utopía.

Desde 1945 con la energía atómica utilizada para fines bélicos, la humanidad técnicamente posibilitó el suicidio, potenciado en los siguientes años con el desarrollo de la energía nuclear y termonuclear.

Preguntado Einstein sobre una eventual guerra mundial (sobre lo cual el Papa Francisco y otros vienen alertando, como un potencial conflicto global en desarrollo) contestó el científico, que él no sabía como sería esa guerra pero estaba seguro que si la humanidad lograba sobrevivir, regresaríamos a la edad de piedra.

La FRATERNIDAD, como un concepto abstracto de la filosofía, pasa a ser una exigencia de discusión en el ámbito de la política y las estructuras de poder.

En este evento que estamos inaugurando con ustedes (VII Seminario Internacional “Fraternidad, Reconciliación y Diálogo en Fronteras), entre los propósitos está continuar con la discusión del tema de la fraternidad pero orientados hacia ámbitos concretos como diálogo, convivencia, reconciliación y cualquier otro aspecto que tiene que ver con los muchos desencuentros presentes y futuros que seguramente seguirán acompañando nuestros procesos históricos locales, nacionales y globales.

Estamos obligados a intentar superar el pesimismo de Kant cuando dice: “con la retorcida madera con el que está hecho el hombre, no es posible construirlo enteramente recto”.

El hombre moderno y postmoderno se emancipa de la idea que el presente es apenas un reflejo empobrecido del pasado y se reafirma en el principio racionalista que “otro mundo es posible”, un mundo siempre en progreso y mejor que el tiempo conocido y transcurrido. Es creencia común que el presente solo se justifica como semilla del futuro y sobre esta base se viene hablando desde hace varios siglos de Progreso y Felicidad y en nombre de ambos hemos cultivado al unísono tragedias y utopías.

Las diversas filosofías del progreso indetenible, sustentado en la razón y en el desarrollo portentoso de la tecno-ciencia, pretendían negar las viejas creencias de que la historia no es otra cosa que maldad, sufrimiento y tragedia, con sus ciclos fatales de guerras y violencias que periódicamente nos recordaban nuestra descendencia cainítica. A veces la impresión que se tiene es que nuestra verdadera vocación es destruir y vaciar de humanidad y divinidad nuestra existencia social e histórica, lo que llevó a Martin Buber a calificar el siglo XX por su multiplicadas violencias e inhumanidad, como un siglo sin Dios.

Platón y Aristóteles fundan la Política en términos de pensamiento y racionalidad: en ambos, la utopía está presente, en el primero, de manera poética, la utopía como ideal y en el segundo, en función de lo real-posible. La idea es “construir la ciudad”, un “hacer” que concibe el interés individual conciliable con el interés colectivo. Todas las doctrinas e ideologías de los últimos siglos se lo han planteado de una u otra manera, y proclamadas en 1789 con la Revolución Francesa con los conceptos: Libertad-Igualdad-Fraternidad.

La Libertad es intrínseca al ser humano. La Igualdad es el reconocimiento de que todos somos iguales en dignidad y la Fraternidad, que en cierto sentido pudiera ser expresada con la palabra Paz, principio y concepto necesarios para el reconocimiento y respeto del Otro, para convivir e intentar comprender y trabajar en función de objetivos comunes, más allá de cualquier límite o concepto discriminador.

En el campo venezolano entre los agricultores de nuestros Andes trujillanos existe una frase que lo expresa y resume muy bien: “Siembra a dos manos”. No hay duda que si queremos merecer un futuro tenemos que aprender a sembrar juntos más allá de cualquier diferencia y de cualquier frontera.