martes, 9 de mayo de 2017

No es Constituyente es golpe de Estado


Un país que ha tenido 28 Constituciones es como si no hubiera tenido ninguna y es que cada Constitución más que responder a un pacto social, era un proyecto político de poder, legitimado por una Constituyente o una Constitución, de allí que Laureano Vallenilla Lanz, las calificara como “Constituciones de papel”. En consecuencia el tema de la Constituyente pasa a ser un tema político mas que jurídico.

La Constitución como Pacto Social o Contrato Social exige consenso político, al responder a una imposición dura lo que el grupo que la impuso dure en el poder.

Venezuela estrenó la primera Constitución de suramérica en 1811 inspirada en los EEUU y Francia y de allí que esa primera Constitución fuera Federal y básicamente declarativa: Libertad, Igualdad, Propiedad, Fraternidad, Felicidad, y terminó siendo un documento mas para la utopía que para la realidad y de allí la acerba y dura crítica a la misma por parte de Bolívar en el Manifiesto de Cartagena. Constitución ideal para una República inexistente, de allí que en plena guerra de independencia se impuso el modelo constitucional de Bolívar, fuertemente centralista y cesarista (Constituciones de 1819, 1821, 1826).

Disuelta la Gran Colombia (Constitución de 1830), cada grupo en el poder, de manera sucesiva, imponía su Constitución reiterativamente cesarista y centralista (Constitución de 1857, 1858). Terminada la guerra federal (1859-1863) se vuelve a asumir el modelo constitucional federalista amalgamado al irrenunciable cesarismo presidencial puede ser definido como una República monárquica con un monarca sin corona. Una República de fachada, soportado por estructuras sociales, económicas y políticas de tipo feudal (Constitución de 1864, 1874 y 1881).

Con la caída del liberalismo amarillo y la llegada de los andinos al poder la Constitución prácticamente se convierte en la gaceta de la presidencia, tanto con Cipriano Castro como con Juan Vicente Gomez (Constituciones, reformas y Estatuto de 1891, 1893, 1901, 1904, 1909, 1914, 1922, 1925, 1928, 1929, 1931) como puede verse Cipriano Castro y abundantemente Juan V. Gomez, sin ningún respeto por la Constitución y sin muchas formalidades la acomodaban a sus circunstancias e intereses.

Con los cambios sociales, producto de la economía del petróleo se generan procesos políticos de modernización y desarrollo acelerados y con la aparición de las estructuras modernos políticas como sindicatos y partidos, así como un proyecto de democracia progresiva las Constituciones van adquiriendo un sentido más serio y de mayor legitimación como expresión de una sociedad que en sus crecientes complejidades buscaba equilibrio y direccionalidad consensuada y así se expresó en la Constitución de 1936, en la de 1945 y en la de 1947 que marca el hito histórico de asumir el sufragio universal dando así inicio de manera formal a la Democracia de masas que se ha venido desarrollando con retrocesos y contratiempos, hasta nuestros días. Una Democracia interrumpida por la dictadura de Pérez Jimenez que para no perder la costumbre modifica y crea otra Constitución en 1953 hasta que, derrocada la dictadura en 1958, se crean las condiciones adecuadas para una Constitución, la de 1961, suficientemente consensuada entre los factores políticos protagónicos del momento y que permitió que durara hasta 1999, hasta los momentos la Constitución que ha tenido más tiempo de vigencia hasta que fue sustituida por la actual de 1999, y que proclamada por su principal inspirador Hugo Chávez Frías como cuasi eterna y cuasi perfecta, sorpresivamente en estos días sus herederos políticos y en teoría administradores de su legado amenazan con tirarla por la borda y pretenden convocar un proceso Constituyente para una nueva Constitución, la número 29, con una convocatoria a todas luces ilegal e ilegítima.

Es doctrina constitucional asumida de manera formal por el actual régimen la supremacía del Pueblo como elemento decisorio para iniciar un proceso Constituyente, es decir, sin Referendo Consultivo al Pueblo no hay posibilidad de convocar una Constituyente (J.M. Delgado Ocando – H. La Roche – Carlos Escarrá).

Si bien el Presidente puede asumir la iniciativa para la consulta, igual que la Asamblea Nacional, o los municipios, o los propios ciudadanos, tal como está establecido en la Constitución, las preguntas y bases del referendo deben ser consultadas al Pueblo, y no impuestas, ni por el presidente ni por nadie, es el Pueblo quien decide.

“Permitir el ejercicio de la soberanía popular sin censuras normativas ni precondiciones o condiciones impuestas”. La soberanía descansa en el Pueblo y éste debe ser consultado para iniciar cualquier proceso Constituyente, la decisión le corresponde a él y solamente a él. En palabras de un autor clásico de los procesos constituyentes y constitucionales, consultar al Pueblo es consultar al Cielo.

El régimen pretende una ruptura de la continuidad normativa (golpe de Estado) con esta convocatoria unilateral e impuesta por parte del ejecutivo.

Sin consultar al Pueblo sobre si quiere o no una Constituyente, bajo ningún concepto ni alguna autoridad puede pretender una Constituyente, de persistir en este agravio constitucional y abuso de poder claramente se estaría en presencia, sin ninguna duda, de un golpe de Estado.

Ángel Lombardi
@angellombardi

jueves, 19 de enero de 2017

Celebrando el olvido (23 de enero de 1958)


El llamado “Espíritu del 23 de enero”, no fue otra cosa que la unidad lograda por el país político y nacional para ponerle fin a la dictadura de Marcos Perez Jimenez y abrirle cauce a la democracia.
Cuando el país se une en un proyecto compartido es porque actúa con sentido de Nación, que a través de la democracia establece las posibilidades reales para una sociedad de “una vida en común”. Compartir un pasado, asumir un presente y lo más importante construir para compartir un futuro para todos.
Nuestra hora es sombría pero no solo por las muchas y terribles dificultades de todo tipo que estamos padeciendo los venezolanos sino por la fragmentación de una sociedad que se está negando a sí misma de una convivencia solidaria y fraterna. Nos han conducido hacia tiempos de odio, rencor y desprecio. La división y el maltrato al “otro” que es nuestro propio compatriota además, tiene la pretensión de que solo es posible una historia cainítica en donde la prisión, el exilio y la muerte vuelven a tener presencia terrible en nuestra historia como era costumbre en las muchas dictaduras y tiranías anteriores que hemos padecido.
Crear una República a partir de la Nación, nos llevó más de un siglo, crear la Democracia, tarea inacabada, otro siglo largo.
¿Qué es la Nación?. Se preguntaba el Abate Sieyés en los comienzos de la época moderna y su respuesta clara y precisa: “La Nación es todo”, y yo agregaría: y no tiene dueño. Hoy podemos preguntarnos qué es la Democracia y podemos respondernos: todo y tampoco tiene dueño, ni armados ni desarmados. La República y la Democracia somos todos constituidos en Nación.
La hora de las tentaciones totalitarias y autoritarias que estamos padeciendo obligan a una reflexión necesaria sobre nuestras responsabilidades individuales y colectivas y sabemos que la primera responsabilidad es ser responsables de la seguridad y bienestar de nuestras familias de las oportunidades y calidad de vida de nuestros conciudadanos y asumir todo nuestro territorio y geografía como “casa común”.
Somos constructores de ciudadanía y forjadores de instituciones. Una sociedad en permanente progreso.
En estas “tareas y objetivos” todos tenemos responsabilidades particulares destacando por razones obvias el político y la política, a quienes les compete no en exclusividad la gestión pública asumida desde una ética de servicio y una moral de integridad y honradez personal.
La política no es autónoma a la sociedad, la expresa y la representa, pero igualmente en la sociedad moderna es fundamental entender que la acción política y pública no se agota en los linderos partidistas sino se acompaña y potencia en el ámbito de la sociedad civil.
En un memorable discurso de Luis Castro Leiva en el Congreso de la República para conmemorar el 23 de enero, de 1998, con la angustia de quien presiente el riesgo de los errores colectivos y los malos tiempos que se presagiaban con la candidatura en creciente ascenso del teniente coronel golpista hace advertencias a los políticos presentes y al país en general de plena vigencia. Decía: “Cesen entonces de escuchar lo que solo a ustedes les interesa… ustedes no han hecho ni hacen lo que de ustedes se necesita y espera” y a continuación citaba a Miguel Otero Silva “es necesario que la política vuelva a ser cosa seria y digna”. La política no es un negocio ni una oportunidad para el robo y la arbitrariedad.
Conocido lo ocurrido en diciembre de 1998 evidentemente este discurso histórico de Castro Leiva llegó tarde y el daño estaba hecho.
Perdido el espíritu del 23 de enero, de unidad nacional y de una democracia decente, honesta y laboriosa la democracia volvió a perderse progresivamente y volvimos a la “creencia autoritaria montada en el caballo de un gendarme necesario a ponernos de rodilla para darnos de comer”.
Fuimos ciegos e irresponsablemente imbéciles, particularmente ciertas élites que como las definió Castro Leiva “sufrían de papiamento mental, narcisismo tecnocientífico y analfabetismo utilitarista”, además de su tradicional codicia de élites sin sentido de Nación.
El daño está hecho y el costo pagado, ahora cómo salir de esta tradición autoritaria y de esta enfermedad totalitaria ¿cómo recuperar el espíritu del 23 de enero?.
Si evitamos la muerte de la memoria y de la inteligencia la respuesta no es difícil y nos la da el propio Castro Leiva citando otra vez a Otero Silva. “en tanto que los partidos separados por grietas y abismos cavados al fragor de divergencias anteriores, se mantuvieron combatientes desde trincheras individuales, cada uno con su táctica, cada uno con sus propósitos, mirando de reojo al aliado como si fuese un adversario, tan solo lograron llenar las cárceles con sus dirigentes más capaces, de ofrendar la vida de sus capitanes más decididos”. Palabras que fueron pronunciadas hace muchas décadas atrás pero pueden ser leídas como expresión de nuestro momento y no otro es el drama que divide, confunde, desorienta y hace poco eficaz la acción política de la actual oposición venezolana.
¿Qué toca hacer?. Otra vez responde Miguel Otero Silva: “crear un pacto político nacional”. Con estrategias y objetivos comunes y con respeto absoluto a la memoria, y al futuro.
En 1958, primero se obliga a huir al dictador, después se acuerda una transición plural y posteriormente la ruta electoral que permitió que fuera el ciudadano con su voto que decidiera el destino político del país y para garantizar la gobernabilidad el principio de colaboración y alternabilidad establecido de manera precisa.
La Nación es una lengua, una cultura, una patria espiritual y nos debe expresar a todos.
El Estado no puede ser partidizado ni mucho menos responder a una ideología y el gobierno por definición debe ser competente y de servicio y puede ser cambiado de acuerdo a la norma constitucional.
Hicimos República en su momento, igualmente hicimos Democracia, nos toca seguir desarrollando la República Democrática que tan laboriosamente empezó a construirse en el siglo XX y que tiene una cita diferida momentáneamente con el siglo XXI. No otra cosa es el espíritu del 23 de enero, recuperar la memoria, para recuperar el futuro.