La crónica bélica contemporánea tiende a obviar factores fundamentales para el análisis geopolítico, como lo son la historia y la cultura. Contrariamente a lo que se afirma en la narrativa común, Irán e Israel fueron países que se reconocían diplomáticamente antes de 1979. La relación entre el pueblo persa y el pueblo hebreo es milenaria, remontándose a la época acadia-babilónica hace más de dos mil años a. C. De hecho, hasta 1979, en Irán vivían más de 150 mil judíos iraníes de muchas generaciones anteriores; una realidad que cambió drásticamente a partir de ese año, estimándose que actualmente solo permanecen en el país unos 10 mil.
El punto de inflexión
fue la llegada al poder en 1979 del régimen teocrático de los Ayatolás. Este
sistema, basado en un fundamentalismo chiita, desconoció la existencia del
Estado de Israel e inició una campaña de hostilidad concretada mediante el
apoyo a grupos como Hamás y Hezbollah. Por otro lado, el conflicto se potencia
cuando en Israel llega al gobierno el radicalismo judío del partido religioso.
Bajo la administración de Netanyahu, se convirtió en política de Estado la
"neutralización" de Irán, por ser considerada la amenaza estratégica
por excelencia para el Estado hebreo.
La desproporción entre
ambas naciones es abismal en términos de territorio y población: Israel cuenta
con menos de 10 millones de habitantes frente a los más de 90 millones de Irán.
No obstante, en desarrollo, tecnología y poder militar, Israel supera a Irán,
contando además con una capacidad nuclear que Irán aún no posee, pese a tener
un programa en desarrollo. Al no compartir una frontera común —están separados
por dos mil kilómetros— el conflicto se desarrolla principalmente en el espacio
aéreo. En este escenario, Israel dependería críticamente del apoyo de Estados
Unidos para sostener un enfrentamiento prolongado; sin embargo, la opinión
pública estadounidense rechaza la guerra e Irán posee el "arma" del
control sobre el Estrecho de Ormuz, cuyo impacto en la economía global sería
devastador para Europa y el Lejano Oriente.
Tras casi un mes de
intensos bombardeos mutuos, el temor principal es una escalada que precipite
una crisis económica de grandes proporciones o la tentación de utilizar armas
nucleares por parte de Israel, dado que el daño territorial que podría sufrir se
le haga intolerable por su limitada geografía. Como suele decirse: las guerras
se sabe cómo comienzan, pero nadie sabe cómo terminan. El ejemplo de Rusia y
Putin, empantanados en una invasión a Ucrania que ya supera los cuatro años, es
prueba del desgaste humano y económico que esto conlleva. La guerra entre Irán
e Israel tiene múltiples causas e intereses en pugna, pero el fanatismo
religioso en ambas partes agrega un ingrediente irracional y sumamente
peligroso.
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