Este texto es un intento personal de comprensión de la coyuntura actual de nuestro país, más allá de la antipatía personal hacia este presidente de Estados Unidos y de mi rechazo total y absoluto a todo tipo de colonialismo e imperialismo. El chavismo, como fraude y fracaso histórico, facilitó que esta intervención sucediera al ubicarse geopolíticamente junto al castrismo y en el alineamiento global antiestadounidense, dada nuestra ubicación geográfica, nuestros importantes recursos petroleros y nuestro potencial económico. Tarde o temprano esta intervención iba a suceder, por las buenas o por las malas; bastó que se llevaran a Maduro para que el cogollo del poder en Venezuela, movido por el miedo y de manera pragmática y oportunista, pasara a ser subordinado y colaboracionista del imperio.
A partir del 3 de enero, con todo y que el régimen continúa,
cambió la voz del amo y se marcó la ruta: lo primero es lo primero, el petróleo
y la economía, ámbitos que ya controlan. Ahora viene el desmontaje de la
dictadura; para ello, nada mejor que la amenaza bajo la cual el chavismo
derrotado colabora y debe decidir entre conservar su patrimonio o inmolarse.
Como siempre enseña la historia, prevalecerá lo primero.
Estamos en una transición tutelada en la que entran en juego
los factores políticos y de poder internos. Hoy, 1 de agosto, y bajo el
patrocinio y permiso del tutor, estos actores entran a negociar la
reinstitucionalización del Estado y de la sociedad, con miras a llegar a unas
elecciones libres para elegir poderes democráticos en un tiempo indeterminado,
aunque el ritmo regulador lo tendrán el gobierno de Estados Unidos y la
movilización social interna.
Esta enorme crisis nacional que venimos padeciendo durante
las últimas tres décadas podría tener un final feliz si aterrizamos en la
realidad con una recuperación progresiva de la democracia. Es preciso entender
que por bastante tiempo nos conviene ser amigos y socios de los Estados Unidos
por razones geopolíticas objetivas: estamos en el hemisferio occidental,
declarado zona de seguridad en su Doctrina de Seguridad Nacional, dentro de una
coyuntura de nuevo reparto de poder multipolar. El continente americano
representa la última trinchera del imperio estadounidense, el cual vive una
fuerte crisis interna y que, con los conflictos en curso en Ucrania, Irán y
toda esa región, ha demostrado que ya no es el poder hegemónico mundial. Rusia
va por lo suyo, China hace lo propio y la hegemonía absoluta de Estados Unidos
ha quedado atrás; el siglo XX es cosa del pasado.
Una vez más nos encontramos ante la paradoja de la historia:
en épocas de fuertes crisis y cambios, lo que para unos es un desastre, para
otros representa una oportunidad. Venezuela entra en esta segunda categoría, de
nuevo gracias al petróleo. Con las guerras en curso se está generando una
enorme crisis energética global de producción y distribución, lo que implica
que Venezuela —territorio controlado y cercano a Estados Unidos— necesita
producir más petróleo lo más pronto posible. Eso va a ocurrir, trayendo consigo
más recursos y mayor actividad económica en los próximos años, comenzando por
este 2026. Ojalá no perdamos esta oportunidad para dar un salto cualitativo en
nuestro desarrollo y evitemos cometer los errores del siglo XX petrolero.
Ángel Lombardi
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