sábado, 16 de febrero de 2013

Viejas y nuevas élites


Las élites tradicionales siempre entendieron que el poder político determinaba la supremacía, aunque siempre el poder económico y político se maridaban. Empezando el siglo XXI en América Latina se han configurado nuevas élites político-económicas, surgidas o fraguadas en las llamadas crisis que han caracterizado al continente en los últimos 30 años. “apoyados en los recursos de un presidencialismo centralista que concentra el poder, apalancado en altos índices de popularidad, control de los medios de comunicación, avanzan en procesos de reformas constitucionales para hacerse reelegir indefinidamente, casi siempre en nombre de los pobres, aprovechando los bajos niveles de escolaridad, creando dependencia asistencialista y avivando emociones nacionalistas, se desbocan llegando a niveles insospechados de abuso y concentración de poder casi totalitario como en Venezuela y Cuba y le siguen, Correa, Evo Morales, Ortega y Cristina, en Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Argentina.” (Revista Nueva Política, Nov. 2012). Lo que hace particularmente peligroso al totalitarismo contemporáno es que, a la inversa que el puro y simple autoritarismo, pretende gobernar en nombre de los gobernados”. (Grondona, 1993).
En estos países se han estructurado “élites funcionales” visibles: económicas, burocráticas, militares y partidistas, fácilmente identificables, con nombres resaltantes, por su posición, por su reputación y por su influencia real en la toma de decisiones (R. Putman).
Estas élites emergentes y liderazgos populistas no tienen ideología, aunque se acomodan a la que más le convenga. Aventureros de la política y oportunistas sin principios, siendo su único principio ser oportunistas, estas realidades políticas, terminan creando un enorme vacío en la vida pública ya que los más competentes y honestos tienden a evitar el servicio público y el compromiso político abierto, que no hay que confundir con la antipolítica, ya que esta es simplemente una expresión de indiferencia y falta de compromiso. De lo que estamos urgidos es de una “nueva política” que incorpore plenamente a la sociedad civil como protagonista político importante y obligue o motive a los partidos políticos a redefinirse en función de los desafíos y retos del siglo XXI.

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