En el libro Historia de la nación latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos (1968), se
sostienen tesis históricas elaboradas bajo la influencia preponderante del marxismo
histórico de la época. Esta perspectiva llegó a ser dominante en el mundo académico y
en las élites intelectuales del siglo XX, y todavía se mantiene en el siglo XXI, aunque
con menor influencia y fuertemente cuestionada. Dentro de este debate, el llamado
"monroísmo" (1823) fue y sigue siendo, básicamente, una doctrina de corte imperialista
que responde a los intereses de los Estados Unidos. Por el contrario, el
"bolivarianismo" se sustenta en dos proyectos políticos de Bolívar, ambos fracasados
en su momento: la creación de la Gran Colombia (1819-1831) y el publicitado Congreso
de Panamá. Convocado en 1824 y realizado en 1826, este último evento no contó con
la presencia del propio Bolívar, congregó a no más de catorce delegados y tres
observadores —uno de los cuales nunca llegó— y generó un documento que jamás fue
aprobado por los gobiernos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Chile, Perú,
México y Guatemala.
Fracasados estos intentos de unidad, federación y confederación en su tiempo, el
bolivarianismo terminó convirtiéndose en una retórica demagógica y ahistórica,
completamente alejada de la realidad geopolítica real. Mutó en una ideología de
resistencia antiimperialista y en la justificación revolucionaria para el asalto al poder por
parte de dictaduras y tiranías, como se evidencia en Cuba bajo la fórmula Bolívar-Martí,
en Nicaragua con Bolívar-Sandino, y en Venezuela mediante el binomio Bolívar-
Chávez; asimismo, sirvió de identidad fundacional para diversos grupos irregulares en
la región, como las FARC en Colombia. Ante este panorama, las preguntas
verdaderamente importantes y de carácter histórico —es decir, sometidas a tiempos y
espacios concretos— apuntan a si en cada país se ha consolidado una verdadera
república constitucional e institucional: una nación con reglas y leyes que se respeten
de verdad, lo cual, en el caso de muchos países, parece no haberse logrado.
De igual forma, cabe cuestionarse si puede existir y funcionar una república sin
republicanos, entendida esta carencia como la ausencia de una praxis ciudadana
cotidiana en la sociedad, el Estado y el gobierno. Asimismo, queda en entredicho si es
posible la existencia de una república y un Estado-nación sin un control territorial
efectivo y sin garantías de legalidad y soberanía para las personas y su entorno. A
estas interrogantes se podrían agregar muchas otras de carácter antropológico,
cultural, lingüístico, económico y de valores para indagar qué somos realmente como
identidad colectiva, local, regional y nacional.
Al examinar qué es Latinoamérica en concreto, conviene recordar que la palabra fue
inventada por los franceses para justificar su invasión a México. Lo latinoamericano se
presenta como un sentimiento confuso y difuso, pero también como una ideología
identitaria antiyanqui y el marcaje de tres siglos coloniales compartidos, una herencia
que en España prefieren denominar Hispanoamérica. Todas estas respuestas son
válidas y discutibles al mismo tiempo. Sin embargo, volviendo al principio, la diferencia
fundamental radica en que el monroísmo representa la geopolítica real de un Estado
constituido, mientras que el bolivarianismo, en términos geopolíticos, no pasa de ser un
discurso, una fantasía y una ilusión, por la sencilla razón de que cada uno de nuestros
países en la frontera sur de los Estados Unidos camina por su cuenta, posee
economías que compiten entre sí y defiende, como es lógico, sus propios intereses
nacionales.
Ángel Lombardi
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