El "por ahora" de Chávez, pronunciado una vez rendido tras el fallido golpe de Estado
del 4 de febrero de 1992, ha funcionado como un mantra en la narrativa y la mitología
chavista. Esta misma frase se rememoró cuando se le obligó a renunciar en el año
2002 y fue devuelto al poder tres días después por los mismos militares, liderados en
ese entonces por el general Baduel, quien posteriormente pagaría con cárcel y con su
propia vida. En estos días de tutela imperial, tras los acontecimientos del 3 de enero de
2026 y ante la sumisa obediencia del régimen, algunos sectores radicales del chavismo
han reclamado la inconsecuencia política e ideológica de sus dirigentes. La respuesta
pública dentro del propio chavismo ha sido recurrir nuevamente al "por ahora"; es decir,
argumentan que siguen siendo y pensando lo mismo, pero que la correlación de
fuerzas actual los obliga a una retirada táctica, tal como ocurrió en 1992 y en 2002.
Se trata de la clásica fórmula leninista y de la ciencia militar que dicta saber retirarse a
tiempo o avanzar dos pasos y retroceder uno cuando las circunstancias lo imponen;
una estrategia que el chavismo lleva tres décadas practicando con éxito. En el argot
criollo, esto se define como "pasar agachado": el arte del disimulo, hacerse el
desentendido y esperar el momento oportuno para arriesgar la jugada. Chávez lo
explicó varias veces citando a Ezequiel Zamora y la batalla de Santa Inés, aludiendo al
arte de engañar al enemigo para convertir una derrota en un triunfo cuando llegue el
momento. Este es el mensaje que hoy transmiten a sus militantes más radicales. Lo
grave es que muchos se lo están creyendo, y no sé si los estadounidenses
—engolosinados con el petróleo y los negocios— o el sector empresarial actúan bajo la
misma premisa, como si la economía y la política no estuvieran íntimamente
relacionadas. Se nota que no han leído a Lenin y su célebre frase: "Un capitalista es
capaz de venderte la soga con la que lo van a ahorcar".
A casi cinco meses de los hechos del 3 de enero, el chavismo sigue al mando y en el
gobierno de manera hegemónica. Mantiene la presidencia, las gobernaciones y las
alcaldías. Controla la Asamblea Nacional, que en este momento constituye el centro del
poder y del gobierno. Conserva el Poder Judicial y el aparato policial de coerción
intactos, mientras que el Poder Electoral y el estamento militar no registran cambios
significativos. Asimismo, tienen cooptados a los sectores económicos y a las cúpulas
empresariales, al tiempo que mantienen vigentes las llamadas "leyes del odio". Aunque
han cambiado algunos nombres, la correlación de los poderes internos permanece
inalterada. Se han sacrificado figuras particularmente rechazadas por la opinión
pública, como Tarek William Saab, los dos El Aissami y algunos otros, depositando
sobre ellos la carga total de las responsabilidades en materia de corrupción y
delincuencia. Les tocó, sin ser inocentes, el papel bíblico de los chivos expiatorios para
cargar con las culpas propias y ajenas. En esa misma línea se perfila el destino de
Nicolás Maduro, Cilia Flores, "Nicolasito" y otros tantos nombres sacrificables; de
hecho, cobra fuerza la hipótesis de que Maduro fue entregado, dado que los relevos se
han concentrado en su entorno más cercano.
No tengo ninguna duda sobre la progresiva mejoría económica del país. Sin embargo,
desde mi perspectiva, si en paralelo no avanzamos hacia una ruta democrática con
elecciones libres, gobernabilidad y cambios alternativos en todos los niveles, se corre el
riesgo de que la fórmula del "por ahora" les vuelva a funcionar. No subestimo la
inteligencia de la administración de Trump y menos la de Marco Rubio, quien conoce
muy bien quién es quién en Venezuela. No obstante, un imperio en crisis dentro de su
propia sociedad y desafiado por conflictos globales podría fácilmente conformarse con
la garantía del petróleo y otros negocios, olvidando que los venezolanos queremos
prosperidad pero también democracia. A Trump, en particular, no parece importarle la
felicidad de los venezolanos, a quienes ha denigrado de diversas maneras, además de
mantener un trato sumamente adverso hacia los migrantes que se encuentran en los
Estados Unidos. Es una lección elemental de la historia: los países no tienen amigos; a
cada nación le toca resolver sus propios problemas y forjar su propio destino.
Angel Lombardi
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