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lunes, 30 de agosto de 2010

Razones para ser optimistas

En el siglo XX, esa concepción optimista del hombre y del mundo, fundada en la idea del progreso y de la educación como palanca fundamental del desarrollo humano y social, que heredamos de los siglos XVIII y XIX, ha hecho crisis.
Frente al predominio de otros medios e instituciones —tal es el caso, por ejemplo, de la llamada industria cultural— que inciden de manera más profunda y permanente en la conducta y formación de valores, la educación se encuentra fuertemente cuestionada y su influencia disminuida.
Cuando en los años 60 se impuso el feminismo, el orientalismo, la ecología y la paz; y en los 70 y 80, el naturismo, la cultura física y las creencias esotéricas, la sociedad de consumo terminó dándole la única configuración posible en una cultura donde se privilegia tener todo dentro de un consumismo desatado y un mal gusto de nuevos ricos. Vivimos una época profundamente despersonalizadora, marcada por el fetichismo del dinero y el éxito, económico y social.
La moda yuppie no es otra cosa que la vuelta a los 50, cuyos rasgos resaltantes son la manía del dinero, la indiferencia social y la falta de sensibilidad frente a la pobreza. La generación de los años 80 y 90 asume como modelo ideal de identificación al tecnócrata, cuya única aspiración es convenirse en capitalista. El dinero es su verdadera pasión y la base sobre la cual se construye el éxito. La diversión y el enriquecimiento configuran el horizonte de los jóvenes. El futuro es un simple afán de novedad que la quincallería tecnológica tiende a satisfacer. No obstante, existen razones para ser optimistas: una época más liberal y una nueva sensibilidad se abre frente a nosotros, ante el retroceso de la onda neoconservadora.
Pienso que de aquí en adelante, el mundo será más inestable, pero también más interesante. Muchas cosas nuevas van a nacer. Nuevos valores, nuevas actitudes y nuevas interrogantes.
En un plano individual, todas las grandes religiones y filosofías coinciden en un principio ético-moral fundamental: el respeto a los demás. La educación del hombre contemporáneo se centra en la necesidad de construir un mundo solidario en donde cada pueblo participe desde su identidad específica. La paz y el desarrollo forman parte del programa común de toda la humanidad. Los pueblos avanzan unidos y sólo en la solidaridad es posible la justicia y la libertad.

martes, 15 de septiembre de 2009

Religión y Ecumenismo

“En algún punto entre el Nilo y el Eúfrates, vivía un grupo de nómadas. Habían huido de Egipto, pueblo de elevada civilización donde se les había hecho imposible la vida, tanto en el plano social como en el religioso. Privados de seguridad, tras una fuga dramática, se establecieron en Cordes, en la soledad del desierto, formando una federación de diversas tribus. El nombre de su Dios era Yahvé”….. (Catecismo Holandés. Herder, 1969)

En este pueblo extraviado “buscó Dios al hombre”. “Seréis para mí, de entre todos los pueblos, la porción escogida, porque mía es toda la tierra” (Ex 19,5). Pero antes, este pueblo había vivido en Canaán, entre el Jordán y el Mediterráneo, con sus “patriarcas” Abrahám, Isaac y Jacob, llamado también Israel. Se establecieron en la tierra prometida, prosperaron, volvieron a ser dominados, reducidos a cautiverio, fueron esclavizados y dispersados.Dos mil años después regresaron como pueblo en diáspora para volver a fundar una Nación y un Estado.

Esta suscinta historia, de una u otra manera, a todos nos marca e identifica, en especial, a los integrantes de la llamada cultura occidental, así como al  mundo cristiano y en menor medida al mundo árabe islámico.En este sentido, todos somos, de una u otra manera, judíos “en quienes Dios buscó al hombre”. Pueblo universal como ninguno, desde su intenso y profundo particularismo, el pueblo judío, decidió no desaparecer de la historia (a diferencia de otros muchos pueblos y culturas) y la misma apuesta ha asumido el Estado de Israel. El mundo no puede permanecer ajeno a este conflicto que ya dura 50 largos años. La conciencia mundial debe asumirlo ya que amenaza la paz mundial y debe ser resuelto sobre el principio del derecho de Israel a existir y prosperar pero igualmente a asumir con realismo y sentido de justicia la existencia de un Estado Palestino. Las religiones existen para unir y no para dividir a los seres humanos. El espíritu de Jerusalén es la convivencia ecuménica tal como lo entendió Juan Pablo II al convocar en Asis a la mayoría de los representantes de todas las religiones del mundo, hecho sin precedente y que se conoce con el nombre del Espíritu de Asis.

El siglo XXI no tiene futuro sino sobre esta base de encuentro y diálogo fraterno y solidario de todas las creencias y religiones, porque en nuestro tiempo,  “Dios buscó al hombre” y mujeres que pueblan este planeta, cada día más pequeño, sobrepoblado  e intensamente comunicado. La cultura judía es patrimonio de toda la humanidad y el pueblo judío, desde Israel o desde cualquier lugar que habite un judío, sigue iluminando el difícil y tortuoso camino de la humanidad hacia su propia liberación y redención. La humanidad hoy, es heredera de todas las grandes religiones que han marcado la historia humana, de hecho es el nuevo humanismo, universal y diverso, pero profundamente fraterno y solidario. Es el verdadero reto de nuestro tiempo, construir la “civilización del amor”  sobre “el reflejo de verdad” que hay en todas las culturas y religiones, porque como dice Santo Tomás de Aquino (siglo XIII) repitiendo una expresión de San Ambrosio (siglo IV):

“Porque toda verdad, sea el que fuese que la predique, viene del Espíritu Santo”.

Dios ha encontrado a su pueblo y los seres humanos hemos encontrado a Dios.

 El siglo XXI, enfrentado a múltiples y desafiantes retos, no tiene otra alternativa que reencontrarse como humanidad en un viejo – nuevo humanismo de la fraternidad universal, sustentado en el respeto y el diálogo interreligioso e intercultural y que Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focólares, expresa de manera magistral:

“Dios no sólo es bello sino también bueno y verdadero. Y no existe belleza, no existe lo auténticamente bello, si ello no es también verdad y bondad.

Siempre hemos subrayado esta coincidencia y hemos podido profundizarla de un modo original. En un primer momento, que hemos llamado “Asís” y que duró por décadas, el Espíritu Santo nos empujó a imitar a Dios en su ser bueno, amor; Dios, infinita bondad, que en cierto modo estábamos llamados a revivir, a convertirnos en minúsculos soles al lado del Sol. En un segundo período, después de que tal estilo de vida se había especificado y  definido bien, el Espíritu nos llamó a otra tarea: tratar de hacer surgir de nuestra vida, de nuestra espiritualidad, la doctrina que ella contiene: su verdad.

Era –hablando franciscanamente – “París”, ciudad de los estudios, que se agregaba a “Asís”, ciudad de la vida.

 “París”, era una realidad que nunca temimos que destruyera a “Asís”, según el conocido dicho. Es más, nuestra experiencia nos dice que la luz de la verdad ayuda enormemente a la vida, la vida de amor.En un tercer período, más reciente, hemos advertido que el Espíritu Santo nos empujaba a manifestar no sólo la bondad de Dios y de nuestra vida, no sólo la verdad, sino también la belleza.

Y a esta etapa le hemos dado el nombre de: “Hollywood”, entendiendo con ello: arte, música, danza, teatro, cine, radio, TV… todos los medios indispensables para llevar nuestra nueva vida al mayor número de personas. Es una “Hollywood” que no anula “Asís” y “París”, sino que las supone, que no es ella misma si no es siendo también las otras dos”. Quizás el hecho cultural más importante de nuestro siglo es evitar el profetizado y apocalíptico “choque de civilizaciones” y al contrario, establecer un diálogo fecundo y auroral entre todas las religiones.