viernes, 12 de febrero de 1999

La Enseñanza de la Historia Consideraciones Generales



I.                  ¿QUÉ ENSEÑAR Y CÓMO ENSEÑAR?


Hace muchos años, un ilustre venezolano Isaac Pardo, escribió un hermoso libro sobre nuestro siglo germinal, el siglo XVI, titulado “Esta tierra de gracia”, angustiado y herido en su sensibilidad de padre y de venezolano, al advertir la aridez con que era enseñada la historia en nuestras escuelas.

Transcurrido el tiempo esta enseñanza permanece anclada en su aridez y la historia se sigue enseñando en escuelas y liceos como una asignatura antipática e impopular, plagada de fechas y datos inútiles, además de anacrónica y anticientífica.

La enseñanza de la historia al igual que nuestra historiografía ignoran por completo el extraordinario desarrollo de los estudios históricos en los últimos 50 años, estudios vinculados al desarrollo de las Ciencias Sociales y que han permitido elaborar toda una ciencia de la historia, como una verdadera “Nueva historia”: “ciencia en construcción”, “ciencia en elaboración” según el decir de Pierre Vilar, que postula y ha logrado un conocimiento histórico suficientemente objetivo y con un rigor teórico-metodológico equiparable a cualquier otra disciplina científica en el campo de las Ciencias Sociales.

Nuestra enseñanza de la historia gira en el ámbito de la Historia Universal, en un eurocentrismo tan anacrónico que los propios europeos están renunciando a él; y en la dimensión de la historia nacional, ésta se ha particularizado tanto a nivel de ciertas etapas al igual que se ha oficializado de tal manera, como asignatura de la nacionalidad, que ha renunciado a sus posibilidades científicas y teóricas más importantes.

Si bien es cierto que la enseñanza de la historia surge en el siglo XVIII, ligada estrechamente con la fe y la prédica del Estado-Nación, hoy esto ya no es verdad, en la misma medida que el Estado-Nación ha sido relegado al pasado por las nuevas realidades de la Historia.

Lo difícil no es enseñar la sucesión de acontecimientos sino estructurar un conocimiento científicamente válido de la realidad histórica.


Entre la multiplicidad casi infinita de hechos y testimonios que los seres humanos han dejado tras de sí, ¿cómo seleccionar para la enseñanza los más adecuados? ¿Cómo y quién determina esta selección?  ¿El Estado, la Sociedad, la Escuela, el Maestro?  Nosotros creemos que esencialmente es la propia historia, como disciplina científica quien de acuerdo a su desarrollo y evidencias debe plantearse sus objetivos a nivel de enseñanza.

Dos preguntas deben formularse:  ¿Qué enseñar?  ¿Cómo enseñar?

Enseñar historia a niños y jóvenes es reivindicar la vieja definición ciceroniana:  “la historia como maestra de la vida”; pero igualmente es necesario entender la historia como una teoría científica de la realidad total; en donde el ser humano individual y social, en su devenir, es la referencia obligada, es decir su historicidad; de allí que la historia o es humanista o no es.  Un humanismo histórico concreto, expresión y reflejo de la aventura humana por la hominización, es decir la lucha permanente  por la libertad y la justicia; desterrando todo etnocentrismo y reivindicando el pluralismo cultural.

Cada pueblo, cada sociedad debe ser conocida y reivindicada en sus orígenes, tradiciones y cultura, sin prejuicios etnocéntricos ni axiologías (valorizaciones y juicios de valor) descalificadoras.

La historia es crítica y liberadora o no es.  De allí que subleva verla reducida a una religión cívica oficial: etnocéntrica, particularista y subjetiva.

La responsabilidad no recae en el educador, aunque éste no es ajeno al empobrecimiento y estancamiento de la asignatura, sino en el Estado: la Constitución Nacional, la Ley de Educación, el Plan de la Nación, etc..., que al establecer determinados fines y objetivos educativos, condiciona y mediatiza a este tipo de asignatura hacia una orientación oficial y patriotera.

La enseñanza de la historia tiene que ser rescatada y colocada a la altura científica que la disciplina ha alcanzado.  De allí que el planteamiento global tiene que ver con la totalidad del sistema educativo como aparato ideológico.

¿La educación como liberación o como opresión?  Este es el dilema.  La enseñanza de la historia es una pieza más en esta ideologización (enmascaramiento) de la realidad.  Pieza importante y por donde se podría comenzar el cuestionamiento y el desmontaje del aparato educativo como sistema de alienación.

La escuela tiene que ser transformada y hay que comenzar por “educar al educador”.  En esta dirección es vital el papel de la Universidad a través de sus Departamentos y Escuelas de Historia.  Se hace necesario reconciliar el aprendizaje que se recibe en la Universidad con lo que se enseña en escuelas y liceos.  Acabar con la actual contradicción en que incurren o son sometidos nuestros egresados, entre la enseñanza universitaria que se recibe, pretendidamente crítica y científica y lo que se enseña en escuelas y liceos de acuerdo a los objetivos y programas establecidos.

            Más que teorías científicas de la historia se enseñan o deforman diversas interpretaciones historiográficas.  De allí la importancia para el maestro y el profesor, a la par con su formación teórico-metodológica, el manejo crítico de las fuentes historiográficas.

            La historia que se enseña sigue siendo en lo esencial la llamada historia tradicional o “de acontecimientos” en donde prevalece lo heroico y lo individual; historia eminentemente política y anecdótica, eurocéntrica y europeísta, anclada en la vieja cronología (Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea); un tiempo histórico estructural y orgánicamente discontinuo, anclado en un pasado muerto y en donde sistemáticamente se rehuye la contemporaneidad.  Historia aséptica, neutral, acrítica y anticientífica.  De allí que la historia escolar y cierta historia académica sea percibida como algo ajeno e inútil.
La historia es presentada y enseñada como una epopeya, una narración más vinculada al discurso literario que al quehacer historiográfico de vanguardia; una historiografía que ensaya nuevos métodos, explora nuevas vías, integra disciplinas diversas y desarrolla un revisionismo necesario.

La historia escolar ha sido sometida a un proceso reduccionista, ha sido particularizada al máximo, se enseña el dato por el dato y se gira en torno a un etnocentrismo estrecho.  Hemos creado una verdadera fe histórica, una religión y una iglesia bajo la denominación de historia.  Hemos creado tipologías y arquetipos locales al servicio de la Patria, la Nación o el Estado.  Se han mezclado intereses con ilusiones; se han creado nuevos mitos (la historia conjuntamente con la TV y el cine son los principales hacedores de mitos en nuestro tiempo) y se ha rechazado sistemáticamente la verdad histórica, al desterrar de nuestros textos, (en su mayoría textos mercenarios así como bibliografías manipuladas, unilaterales, parciales y restrictivas) los aportes historiográficos obtenidos por la ciencia de la historia especialmente en los últimos 50 años.

            La historia escolar tiende a reproducir con todos sus defectos y excesos la visión nacionalista de la historia, parroquial y provinciana, constituyéndose en un anacronismo sin excusa en una época y un Mundo Contemporáneo, por definición interdependiente y solidario a nivel planetario.  Cada vez las historias europeístas y nacionales tradicionales satisfacen menos, de allí que la historiografía contemporánea se oriente hacia otros campos y explore nuevas vías.

            ¿COMO ENSEÑAR?

Si en el qué enseñar, es inexorable el mandato de la historia-ciencia; en el cómo enseñar, es inevitable la dictadura del educando.  Su edad y condición socio-cultural determinarán el cómo enseñar, aunque puedan existir algunos principios psico-pedagógicos de aplicación general.

Durante mucho tiempo se creyó que la historia era inaccesible al niño, ya que la historia es esencialmente historia de adultos y el niño carece de la experiencia necesaria para comprenderla, afortunadamente esta tendencia ha sido superada y hoy se ha valorizado al máximo ciertas características infantiles (imaginación, emotividad, memoria, interés por la vida real) como recursos importantes en el aprendizaje histórico.

            Mientras menor sea la edad del educando mayor hincapié debe hacerse en la enseñanza audiovisual, una enseñanza eminentemente gráfica y concreta.

Hasta los 10 años aproximadamente (ver a Piget y otros el concepto de tiempo y espacio en el niño) el niño tiende a visualizar su entorno y a través de los diversos datos de la realidad, en donde prevalece la información sobre la interpretación, va familiarizándose e internalizando su espacio histórico, una percepción eminentemente sensual (visual, auditiva, olfativa, etc...) más que intelectual.

Imaginativo y sensible el niño es dúctil y propicio a desarrollar el hábito de la lectura siempre y cuando ésta tienda a satisfacer esencialmente esa imaginación y esa sensibilidad, esto se logra cuando la referencia inicial sea siempre la propia contemporaneidad.

La Literatura es fundamental en la formación histórica de nuestro estudiante, Churchill decía que él había conocido la historia de Inglaterra a través de Shakespeare.  La prensa diaria es un auxiliar extraordinario para el educador, orientando la lectura adecuada de la misma.  Se le debe empezar a orientar en el uso adecuado de los Medios de Comunicación, es necesario convertir en realidad los principios de la “educación permanente” así como el de la “ciudad educativa”.  No habrá otra etapa tan importante como esta de los primeros años para cumplir con la exigencia del “aprender a ser” y en ello la enseñanza de la historia juega un papel fundamental para formar o deformar; de allí que la responsabilidad del enseñante de historia se acreciente en la formación del individuo en estos primeros años de su vida.

A medida que avanza en edad el educando (en sentido general la adolescencia) la enseñanza de la historia debe irse orientando hacia las diversas interpretaciones y explicaciones científicas que se han ido elaborando sobre la realidad histórica.

            Ir de lo simple a lo complejo, ampliándose lineal y concéntricamente las explicaciones.  En vez de la historia lineal, segmentada y trunca, hecha de compartimientos estancos, proponemos el llamado método regresivo o retrospectivo.  Partiendo siempre de la propia contemporaneidad es necesario proporcionar una visión totalizadora de la realidad captada en toda su complejidad y dinamicidad.

El niño y el joven vive acuciantemente una necesidad de identidad, esta búsqueda existencial puede ser apoyada por la enseñanza de la historia en la medida que la historia se presente como un vasto movimiento colectivo en equilibrio inestable con su tiempo y espacio; tanto los pueblos como los seres humanos necesitan reconciliarse con ellos mismos, con la propia realidad social, con la Naturaleza toda; si un objetivo puede plantear la historia es la conquista de una perfectibilidad progresiva, material y espiritual, de la cadena bio-genética que configura la humanidad en la perspectiva de un evolucionismo orgánico profundamente libertario y humanista.  El hombre, como hacedor de cultura y protagonista de la historia es una de las ideas a demostrar e inculcar. O tenemos fe en la historia o ésta no puede ser enseñada.  Con mente abierta y crítica y con corazón generoso, como dice L. Febvre “hay que formar hombres capaces de situarse en su justo lugar en el conjunto de las generaciones”.

Es necesario que el “conocimiento del Pasado” se extienda no como algo ajeno y externo a nosotros mismos sino como una toma de conciencia que nos permita ubicarnos en el proceso histórico, entendido como una cadena biológico-genética-social.

Conciencia, identidad, compromiso son objetivos fundamentales en la enseñanza de la historia; a la manera de los viejos sofistas griegos o como más recientemente lo expresara el Che Guevara “por mi condición de hombre nada de lo humano puede serme indiferente”.  Hay que desarrollar entre los seres humanos el parentesco de los ideales y las esperanzas colectivas.

Ningún recurso puede sustituir las vivencias directas.  La historia empieza y termina en la realidad, por consiguiente la enseñanza debe partir siempre de lo real y más inmediato a la experiencia del alumno.

            Los programas deben ser sintéticos y flexibles; el maestro y el profesor deben siempre motivar a partir de experiencias e intereses concretos del alumno; éste es en definitiva quien orientará los programas.  El maestro se limitará a cumplir los objetivos que se desprendan de la especificidad psicológica y socio-cultural de su alumno y la cientificidad de la historia como disciplina.



II.               HISTORIOGRAFÍA Y ENSEÑANZA DE LA HISTORIA

No hay nada más fecundo para el historiador y para el que es profesor de historia, la formación y reflexión historiográfica.  ¿Qué  se ha escrito y cómo se ha escrito la historia?, y estrechamente vinculado; ¿cómo se ha enseñado la historia?.

La historicidad de nuestra disciplina es un campo fértil de investigación, necesario para desarrollar algunas conclusiones sobre el tema de discusión.

Como disciplina europeísta y europeizante la historia entre nosotros se constituye sobre el modelo y la evolución de la  historia en Europa.

Comienza siendo esencialmente un arte y una literatura.  Una historia narrativa llena de magia y de mitología, inspirada en una tradición literaria americana, especialmente en los llamados cronistas y viajeros de indias sin base documental y con un aparato teórico influido directamente en las corrientes filosóficas-literarias europeas a la moda.  Lo más cercano a la objetividad histórica en estas obras, era la descripción geográfica y etnológica, la intuición acertada de algunos hechos y algunas interpretaciones caracteriológicas; a manera  de ejemplos se pueden citar: “La historia” de Oviedo y Baños; la de Bello y la de Baralt y Díaz.

Entre el siglo XVII y XVIII en Europa surge la crítica histórica y la llamada historia filosófica como consecuencia y expresión de la  expansión mundial europea, que precede y anuncia al Romanticismo y al Positivismo, teorías decimonónicas, expresión y reflejo del auge y hegemonía del Estado Nacional.  Ambos movimientos, de enorme proyección e influencia en nuestros países se combinan para legitimar el Estado Nación, y a la clase que dirige y encarna el proceso: la burguesía (la historia siempre la escriben los vencedores y es la versión oficial que se extiende a la enseñanza).

Esta historiografía crea una entelequia histórica: el pueblo, y lo adorna con los colores locales, regionales y nacionales hasta crear el mito de la identidad y la nacionalidad, en nombre de los cuales las diversas burguesías nacionales explotan y se enriquecen a costa de las grandes mayorías, irónicamente el verdadero pueblo, es el gran ausente de estos textos oficiales.

Surgen los mitos de las razas superiores y el espacio vital: lengua, tierra y sangre se constituyen en la trilogía que pretendidamente motorizan la historia, que explican todo el proceso humano; avala y justifica toda explotación y toda violencia.

Nuestra historiografía recorrerá los mismos cauces bajo la inspiración e influencia de estas peligrosas y parciales teorías, que oficializadas penetrarán en las escuelas para fundamentar el culto a la patria y a los héroes, legitimando el poder y la riqueza de los nuevos amos de la República, quienes en nombre del pueblo y la patria, codiciosamente acrecentaban sus patrimonios.

Nuestra historia escolar era convertida en una verdadera “pedagogía del ciudadano” conformista y servil.

La historia se institucionaliza y adquiere respetabilidad y preeminencia: la Academia de la Historia; la Sociedad Bolivariana y con ella cierta historiografía adquiere rango de versión oficial.

Se crean las versiones oficiales y las bibliografías oficiales; nuestros maestros y alumnos, a través de los programas escolares son enrolados en este “culto histórico” de la “identidad”, “de la nacionalidad” y “de la patria”.  Versión parcializada simplista de una realidad nacional que es escamoteada en su dimensión más real, en aras de unos intereses neo-coloniales verdaderamente desnacionalizadores.

La otra historiografía, la revisionista, la que está teórica y metodológicamente al día; la universitaria; la de orientación marxista y neo-marxista, la de un valor científico incuestionable no logran penetrar el santuario escolar.

Como dice G. Carrera Damas “la carga crítica y renovadora contenida en la obra de varios destacados historiadores permanece como enquistada y trasciende poco y tardíamente al campo de los estudios históricos”.....“este aislamiento prolongado entre los productos de la investigación y los estudios históricos responde a vicios desesperantes pero en extremos difíciles de erradicar”.....“estas consideraciones nos han llevado a creer que la renovación de nuestros estudios históricos habrá que buscarla, durante una primera y larga etapa, en la transformación de la enseñanza de la historia”.



III.           EL METODO RETROSPECTIVO

Sin pretender ser exhaustivos sino apenas apuntar una dirección que sugerimos explorar y experimentar, recomendamos el método retrospectivo, como el más apropiado al educando, especialmente los jóvenes, así como el que responde mejor al sentido y naturaleza de la historia.

Nos dice Marc Bloch “la incorporación del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado.  Pero nos es, quizás, menos vano esforzarse por comprender el pasado si no se sabe nada del presente”... “en verdad conscientemente o no, siempre tomamos de nuestras experiencias cotidianas los elementos que nos sirven para reconstruir el pasado”.

Agrega otro autor: “de la misma manera que la investigación histórica ha procedido partiendo del presente y retrocediendo hacia el pasado, la enseñanza de la historia ha de seguir el mismo camino”.

El joven es un adulto en ciernes que vive la realidad como problema, interrogándola y en confrontación con ella, desarrolla un interés vital por el presente, obsesivamente trata de comprenderse y de comprender su entorno, social e histórico.  Su comprensión del pasado es siempre a partir de su contemporaneidad.  Como dijera B. Croce “la historia siempre es contemporánea” al igual que es cierta la afirmación “cada generación necesita reescribir la historia”, de allí que la historiografía no sólo expresa doctrinas, filosofías, ideologías e intereses diversos sino que es definitivamente hija de su tiempo.

El Presente es el tiempo referencial ineludiblemente necesario para toda indagación, estudio y enseñanza de la historia.

Nuestro mirador histórico siempre es el presente, somos un eslabón de una larga cadena histórico-evolutiva pero al mismo tiempo somos culminación e inicio de etapas y procesos indetenibles.  La dinámica de la historia tiene por eje siempre el Presente; el pasado es incomprensible sin éste y el futuro no es más que proyección de nuestro presente.

El tiempo histórico: etapas, cronologías, coyunturas no es más que la confluencia dinámica, estructural, orgánica, dialéctica de un pasado y un futuro que se concretizan y definen en un eterno y movible presente.

Solamente desde este presente conocemos y comprendemos.  No otra cosa es la llamada conciencia histórica , un aquí y ahora que resume siglos y genera siglos.

El adolescente tiene hambre de presente porque sabe o presiente que allí se juega su futuro; el joven exige que se le ayude a convertirse en contemporáneo de sí mismo, una contemporaneidad asumida conscientemente, porque todo ser humano tiene derecho a convertirse en “testigo del presente y profeta de lo porvenir”.

Instintivamente el joven rechaza el pasado como cosa muerta, de allí el fastidio frente a la historia que usualmente se le enseña y la impopularidad y descrédito de estas asignaturas; podría decir como en la Biblia “que los muertos entierren a sus muertos”.

Si bien la historia “es el conocimiento del Pasado” éste tiene que ser aprehendido en función de lo que está vivo.  Nos identificamos con la expresión de H. Pirenne “si yo fuera un anticuario sólo me gustaría ver las cosas viejas.  Pero soy un historiador y por eso amo la vida”.  Principio que recogerá la llamada escuela de los “Annales” (Bloch, Febvre, Braudel, etc...), y que sintetizarán en la fórmula “Historia-vida”.

No tenemos la menor duda sobre la pertinencia y viabilidad del método retrospectivo, aunque no ignoramos las dificultades de su aplicación, no siendo las menores los hábitos mentales de educadores y educandos y la inercia de una pedagogía de la fecha y el dato histórico aislado, de la memorización cargante y empobrecedora, del enciclopedismo retórico que a nada conduce.

El método retrospectivo exige de hecho un nuevo tipo de educador, mejor formado, con vocación y disciplina de trabajo, definitivamente comprometido con la ciencia y el compromiso social.

La inquietud no es nueva, (no queremos contribuir a desarrollar una nueva moda teórica, por simple afán de novedad, cosa a la cual somos tan afectos los latinoamericanos, especialmente en los medios académicos), aquí en América Latina se vienen manejando estas ideas desde los años 50; así vemos como en el año de 1954 en un Seminario de enseñanza de la Historia llevada a cabo en San Juan de Puerto Rico “se recomienda que algunos países acometan por vías de experimentación la enseñanza retrospectiva integral de la historia”.

En Buenos Aires, en 1968 se realizó el “Primer Simposio sobre enseñanza de la historia Argentina y Americana” aprobándose en la Comisión de Metodología la siguiente moción: “Propiciar las experiencias sistemáticas del uso del método retrospectivo o regresivo, a partir de hechos actuales, por considerarlo de gran importancia en la motivación pedagógica y para lograr que la historia sea efectivamente un instrumento adecuado para la comprensión de la realidad actual”.

El filósofo J.D. García Bacca sostiene que en el clima intelectual de nuestra época, la Historia, después de la Ciencia y la Técnica, representa la preocupación fundamental del hombre contemporáneo.  Es deber nuestro contribuir al desarrollo de la Historia, no ya por simple afán de conocimiento y comprensión, sino conjuntamente con la Ciencia y la Técnica, para ayudar a transformar el Mundo en aras de la liberación plena, de la Humanidad.

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