Porque de todos los sistemas políticos conocidos en la historia, es el que mejor garantiza la convivencia humana, el respeto a los Derechos Humanos, la pluralidad individual y cultural, la libertad de pensamiento, opinión y participación y la posibilidad real de cambiar gobernantes y gobiernos e intentar progresar, todos juntos, y aminorar las desigualdades existentes.
La democracia no solo es un sistema político, es una
conquista cultural y civilizatoria. Los venezolanos deberíamos haber aprendido
esta lección y allí está nuestra historia de la República para demostrarlo, y
particularmente en este medio siglo largo transcurrido. En Venezuela la palabra
"revolución" nunca ha pasado de ser una "narrativa" en la
lucha por el poder y la riqueza. El camino más corto y fácil para el poder
político, la riqueza y el ascenso social ha sido "la política".
Lo fue en el siglo XIX, lo fue en el XX y lo ha sido en este
siglo XXI que corre. Las "oligarquías del dinero" las llamó Domingo
Alberto Rangel. Cada régimen y gobierno "crea" sus "nuevos
ricos". Otra "narrativa" propaganda para engañar y crear mitos
es aquello de que "el petróleo es del pueblo". El petróleo es del
Estado por ley colonial que Bolívar ratificó y la República ha mantenido. Pero
el petróleo, para que llegue al "pueblo", tiene que extraerse,
producirse, comercializarse y "administrarse".
Y para que eso suceda de manera eficiente y real, el país
tiene que prepararse para ello; y en Venezuela lo hicimos como sociedad desde
1936 en adelante, en 1943 con la Ley de Hidrocarburos y, a partir de 1958, de
manera exitosa. Esto se interrumpió de forma dramática en el 2002 y 2003 con el
"pitazo" de Chávez y la PDVSA "roja-rojita" de Ramírez. Sin
memoria y sin crítica y autocrítica, un país no avanza. Y hoy, después de lo
acontecido el 3 de enero, "descubrimos" que hay que asociarse con el
capital privado y las transnacionales y, fundamentalmente, con los intereses
geopolíticos del "imperio" hegemón en nuestro continente.
La "realidad-real" siempre llega, de una u otra
forma, como llegan las enfermedades que a cada uno nos tocan por genética,
hábitos y condición mortal. Pudiera seguir, ad infinitum, con
situaciones y experiencias que nuestra historia contiene de liderazgos
mesiánicos, providencialismo político, extravíos colectivos, mitologías y
"narrativas" falsas; pero al final, el pasado solo es útil como
pedagogía y aprendizaje. Lo importante es el presente y el futuro, y allí es
donde deberíamos centrarnos: qué hacer como sociedad, cada quien y cada uno con
sus responsabilidades propias.
Sin esperar "milagros", sin indiferencias, sin
pasividad, sin apresuramientos impropios, sin complicidades, sin demasiada
lentitud. El "cambio" el país lo quiere y lo necesita; nos obliga a
todos "a la política" con un objetivo preciso: la recuperación
democrática del sistema político. Despartidizar los poderes públicos y las
instituciones. "Devolverle" la soberanía nacional a su legítimo
poseedor y representante, "el pueblo"; pero no el "pueblo"
del partido, ni el "pueblo-cliente", ni el "pueblo" del
mesías, sino el pueblo que somos todos: un pueblo de ciudadanos que expresen y
representen todos los intereses. Un pueblo que viva sin amenazas ni temor y
miedo a pensar, expresarse, votar, disentir, etc.
De allí la importancia de un "paso político" que
no termina de darse: la libertad plena y absoluta de todos los presos
políticos, el retorno de los exiliados, "devolverle" las siglas
partidistas a sus legítimos representantes, que termine la censura y la
autocensura, que cesen las amenazas y que no se reprima ninguna manifestación
pacífica. Y aquí, algo muy importante: a las fuerzas armadas y policiales,
ayuden a reconciliar a los venezolanos; ustedes son importantes y necesarios
como institución no partidizada, al servicio de todos los venezolanos. Sirven a
la patria común, no a una persona, no a un partido ni a un régimen.
Sus funciones están en la Constitución. Garantizar la
soberanía nacional territorial; allí hay mucho que hacer pendiente. Para todo
lo anterior, es muy importante que todos "leamos" bien lo que viene
sucediendo a partir del 3 de enero. Son hechos no deseados, pero cumplidos, que
nos obligan más que nunca a la "unidad nacional", pero no la unidad
tonta de los "discursos y buenas intenciones", sino a la unidad
funcional de una transición democrática en donde todos tenemos que hacer
concesiones en función de un bien mayor: "el interés nacional".
Para ello hay que crear las condiciones para un proceso
electoral libre y transparente, y que la soberanía popular se exprese y decida
y defina el próximo gobierno. La tarea no es fácil, es ardua; pero la
democracia y nuestro futuro no van a ser otorgados desde afuera, tenemos que
construirla nosotros mismos como una sociedad que ha aprendido de sus errores.
De no ser así, seguiremos en el tiempo sin tiempo del eterno retorno a nosotros
mismos: la culebra que se muerde la cola y se empeña en devorarse a sí misma.
Ángel Lombardi