martes, 30 de junio de 2026

BOLÍVAR vs. MONROE

 En el libro Historia de la nación latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos (1968), se

sostienen tesis históricas elaboradas bajo la influencia preponderante del marxismo

histórico de la época. Esta perspectiva llegó a ser dominante en el mundo académico y

en las élites intelectuales del siglo XX, y todavía se mantiene en el siglo XXI, aunque

con menor influencia y fuertemente cuestionada. Dentro de este debate, el llamado

"monroísmo" (1823) fue y sigue siendo, básicamente, una doctrina de corte imperialista

que responde a los intereses de los Estados Unidos. Por el contrario, el

"bolivarianismo" se sustenta en dos proyectos políticos de Bolívar, ambos fracasados

en su momento: la creación de la Gran Colombia (1819-1831) y el publicitado Congreso

de Panamá. Convocado en 1824 y realizado en 1826, este último evento no contó con

la presencia del propio Bolívar, congregó a no más de catorce delegados y tres

observadores —uno de los cuales nunca llegó— y generó un documento que jamás fue

aprobado por los gobiernos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Chile, Perú,

México y Guatemala.

Fracasados estos intentos de unidad, federación y confederación en su tiempo, el

bolivarianismo terminó convirtiéndose en una retórica demagógica y ahistórica,

completamente alejada de la realidad geopolítica real. Mutó en una ideología de

resistencia antiimperialista y en la justificación revolucionaria para el asalto al poder por

parte de dictaduras y tiranías, como se evidencia en Cuba bajo la fórmula Bolívar-Martí,

en Nicaragua con Bolívar-Sandino, y en Venezuela mediante el binomio Bolívar-

Chávez; asimismo, sirvió de identidad fundacional para diversos grupos irregulares en

la región, como las FARC en Colombia. Ante este panorama, las preguntas

verdaderamente importantes y de carácter histórico —es decir, sometidas a tiempos y

espacios concretos— apuntan a si en cada país se ha consolidado una verdadera

república constitucional e institucional: una nación con reglas y leyes que se respeten

de verdad, lo cual, en el caso de muchos países, parece no haberse logrado.

De igual forma, cabe cuestionarse si puede existir y funcionar una república sin

republicanos, entendida esta carencia como la ausencia de una praxis ciudadana

cotidiana en la sociedad, el Estado y el gobierno. Asimismo, queda en entredicho si es

posible la existencia de una república y un Estado-nación sin un control territorial

efectivo y sin garantías de legalidad y soberanía para las personas y su entorno. A

estas interrogantes se podrían agregar muchas otras de carácter antropológico,

cultural, lingüístico, económico y de valores para indagar qué somos realmente como

identidad colectiva, local, regional y nacional.

Al examinar qué es Latinoamérica en concreto, conviene recordar que la palabra fue

inventada por los franceses para justificar su invasión a México. Lo latinoamericano se

presenta como un sentimiento confuso y difuso, pero también como una ideología


identitaria antiyanqui y el marcaje de tres siglos coloniales compartidos, una herencia

que en España prefieren denominar Hispanoamérica. Todas estas respuestas son

válidas y discutibles al mismo tiempo. Sin embargo, volviendo al principio, la diferencia

fundamental radica en que el monroísmo representa la geopolítica real de un Estado

constituido, mientras que el bolivarianismo, en términos geopolíticos, no pasa de ser un

discurso, una fantasía y una ilusión, por la sencilla razón de que cada uno de nuestros

países en la frontera sur de los Estados Unidos camina por su cuenta, posee

economías que compiten entre sí y defiende, como es lógico, sus propios intereses

nacionales.


Ángel Lombardi

"Por ahora"

 El "por ahora" de Chávez, pronunciado una vez rendido tras el fallido golpe de Estado

del 4 de febrero de 1992, ha funcionado como un mantra en la narrativa y la mitología

chavista. Esta misma frase se rememoró cuando se le obligó a renunciar en el año

2002 y fue devuelto al poder tres días después por los mismos militares, liderados en

ese entonces por el general Baduel, quien posteriormente pagaría con cárcel y con su

propia vida. En estos días de tutela imperial, tras los acontecimientos del 3 de enero de

2026 y ante la sumisa obediencia del régimen, algunos sectores radicales del chavismo

han reclamado la inconsecuencia política e ideológica de sus dirigentes. La respuesta

pública dentro del propio chavismo ha sido recurrir nuevamente al "por ahora"; es decir,

argumentan que siguen siendo y pensando lo mismo, pero que la correlación de

fuerzas actual los obliga a una retirada táctica, tal como ocurrió en 1992 y en 2002.

Se trata de la clásica fórmula leninista y de la ciencia militar que dicta saber retirarse a

tiempo o avanzar dos pasos y retroceder uno cuando las circunstancias lo imponen;

una estrategia que el chavismo lleva tres décadas practicando con éxito. En el argot

criollo, esto se define como "pasar agachado": el arte del disimulo, hacerse el

desentendido y esperar el momento oportuno para arriesgar la jugada. Chávez lo

explicó varias veces citando a Ezequiel Zamora y la batalla de Santa Inés, aludiendo al

arte de engañar al enemigo para convertir una derrota en un triunfo cuando llegue el

momento. Este es el mensaje que hoy transmiten a sus militantes más radicales. Lo

grave es que muchos se lo están creyendo, y no sé si los estadounidenses

—engolosinados con el petróleo y los negocios— o el sector empresarial actúan bajo la

misma premisa, como si la economía y la política no estuvieran íntimamente

relacionadas. Se nota que no han leído a Lenin y su célebre frase: "Un capitalista es

capaz de venderte la soga con la que lo van a ahorcar".

A casi cinco meses de los hechos del 3 de enero, el chavismo sigue al mando y en el

gobierno de manera hegemónica. Mantiene la presidencia, las gobernaciones y las

alcaldías. Controla la Asamblea Nacional, que en este momento constituye el centro del

poder y del gobierno. Conserva el Poder Judicial y el aparato policial de coerción

intactos, mientras que el Poder Electoral y el estamento militar no registran cambios

significativos. Asimismo, tienen cooptados a los sectores económicos y a las cúpulas

empresariales, al tiempo que mantienen vigentes las llamadas "leyes del odio". Aunque

han cambiado algunos nombres, la correlación de los poderes internos permanece

inalterada. Se han sacrificado figuras particularmente rechazadas por la opinión

pública, como Tarek William Saab, los dos El Aissami y algunos otros, depositando

sobre ellos la carga total de las responsabilidades en materia de corrupción y

delincuencia. Les tocó, sin ser inocentes, el papel bíblico de los chivos expiatorios para

cargar con las culpas propias y ajenas. En esa misma línea se perfila el destino de

Nicolás Maduro, Cilia Flores, "Nicolasito" y otros tantos nombres sacrificables; de


hecho, cobra fuerza la hipótesis de que Maduro fue entregado, dado que los relevos se

han concentrado en su entorno más cercano.

No tengo ninguna duda sobre la progresiva mejoría económica del país. Sin embargo,

desde mi perspectiva, si en paralelo no avanzamos hacia una ruta democrática con

elecciones libres, gobernabilidad y cambios alternativos en todos los niveles, se corre el

riesgo de que la fórmula del "por ahora" les vuelva a funcionar. No subestimo la

inteligencia de la administración de Trump y menos la de Marco Rubio, quien conoce

muy bien quién es quién en Venezuela. No obstante, un imperio en crisis dentro de su

propia sociedad y desafiado por conflictos globales podría fácilmente conformarse con

la garantía del petróleo y otros negocios, olvidando que los venezolanos queremos

prosperidad pero también democracia. A Trump, en particular, no parece importarle la

felicidad de los venezolanos, a quienes ha denigrado de diversas maneras, además de

mantener un trato sumamente adverso hacia los migrantes que se encuentran en los

Estados Unidos. Es una lección elemental de la historia: los países no tienen amigos; a

cada nación le toca resolver sus propios problemas y forjar su propio destino.


Angel Lombardi

DE EMPERADOR A EMPERADOR: CUMBRE EN PEKÍN




Xi Jinping no recibió a Trump en el aeropuerto; ese gesto diplomático lo reserva

exclusivamente para aliados de primer orden, como Vladímir Putin y Kim Jong-un. Por

el contrario, la ceremonia imperial del recibimiento oficial estuvo diseñada como una

demostración del peso y la plena importancia que ostenta la China actual. Ante este

despliegue, la comparecencia de Trump acompañado de un séquito de

supermillonarios sirvió para dejar en evidencia su persistente mentalidad de

negociante.

Desde su primer discurso oficial, Xi Jinping se encargó de marcar las pautas de la

agenda global. En primer lugar, advirtió la necesidad de descartar la denominada

"trampa de Tucídides", aquella teoría que propugna el uso de guerras preventivas para

anular a rivales emergentes. Esta concepción ha sido doctrina oficial en Washington

desde hace más de medio siglo —particularmente defendida por los neoconservadores

del Partido Republicano— y fue instrumentalizada tras los atentados del 11 de

septiembre en la llamada guerra contra el terrorismo en países como Irak, Afganistán e

Irán. Al respecto, el mandatario asiático enfatizó que, de verse obligada, China se

encuentra plenamente preparada en el campo económico, tecnológico y militar. Como

alternativa, propuso una competencia con reglas claras bajo el concepto de "estabilidad

estratégica global", lo que supone un entendimiento mutuo sin amenazas ni agresiones,

fundamentado en el respeto a los intereses legítimos de cada nación y en un nuevo

orden regido por normas acordadas. Asimismo, dejó en claro que Taiwán pertenece a

China, definiéndolo explícitamente como una línea roja innegociable.


Frente a este posicionamiento, los logros de Trump se limitaron a la firma de contratos

comerciales para que el gigante asiático adquiera aviones estadounidenses y soja. Con

su estilo característico, el mandatario norteamericano vendió estos acuerdos ante su

audiencia local como un rotundo triunfo, afirmando haber traído una enorme cantidad

de dinero para los Estados Unidos. Sin embargo, en los asuntos verdaderamente

cruciales de la geopolítica, regresó con las manos vacías: China no va a deponer su

respaldo a Irán, no abandonará su alianza estratégica con Rusia ni renunciará a su

compromiso de consolidar un orden global multipolar.

La solidez del proyecto chino se ve respaldada por medidas concretas. El gigante

asiático acaba de aprobar un nuevo plan quinquenal mediante el cual aspira a

gestionar el 70 % de su aparato productivo y de su economía a través de la Inteligencia

Artificial. Además, Pekín ha suscrito un acuerdo por quince años con Irán e Irak

destinado a estabilizar el Medio Oriente por medio de megaproyectos energéticos,

nuevas rutas comerciales y mecanismos de defensa mutua. Este pacto contempla la

prescisión absoluta del dólar y de todo el entramado occidental de pagos y

transferencias financieras.

Mientras China demuestra claridad sobre su posición y sus objetivos a largo plazo,

Estados Unidos se encuentra sumido en una profunda crisis de identidad. Fuertemente

dividido, el país norteamericano parece atrincherarse en su hemisferio occidental bajo

una conducción errática, mientras lidia con una economía aquejada por el

endeudamiento, la inflación y la recesión. Al mismo tiempo, su administración pierde

respaldo popular y se aísla de sus aliados naturales en Europa, así como de socios

clave como Japón y Corea del Sur. Si bien la crisis estadounidense no es terminal, sí

es de larga duración. Habituados a los evidentes éxitos del siglo XX como potencia

dominante y hegemónica, sus círculos de poder no terminan de asumir ni de

comprender que en el siglo XXI el tablero internacional está cambiando, y no

precisamente a favor de su preeminencia.

sábado, 16 de mayo de 2026

NUEVO COMIENZO POLÍTICO

 La historia funciona por ciclos, al igual que la vida, y los ciclos políticos no son la excepción. El "chavismo" ya es pasado; hoy vive de una vida prestada por el imperio. El pueblo lo derrotó de manera abrumadora el 28 de julio de 2024, pero el sistema represivo permitió el fraude. Hoy por hoy, desprovistos de legitimidad, permanecen como representantes y colaboradores del gobierno de Trump. En este proceso, han tenido que arriar todas sus banderas ideológicas, siendo la principal el nacionalismo antiimperialista. Solo por ello, la historia no los absolverá. Tampoco lo hará por su flagrante y reiterado desprecio hacia los derechos humanos ni por la galopante corrupción que ha permitido crear una nueva burguesía, algo que, lamentablemente, no constituye ninguna novedad en la historia nacional. Cada dictadura, cada régimen y cada gobierno han creado sus propios "nuevos ricos", y el chavismo no ha sido la excepción.

Sin cambiar de naturaleza, el chavismo ha funcionado por etapas: Chávez y el "chavismo 1"; Maduro y el "chavismo 2"; y ahora, los Rodríguez-Cabello y el "chavismo 3". De igual forma, sus siglas fueron cambiando en el tiempo. El MBR-200 identificó la etapa golpista, el cual mutó al MVR apenas se convirtió en gobierno; finalmente, una vez consolidado el régimen, se identificaron como PSUV. Esta última transición representó toda una declaración ideológica y política de una "izquierda o progresismo" tercermundista, típica del siglo XX, cuyo mentor, ejemplo y modelo era el castrocomunismo cubano. Hoy, ambos modelos se encuentran en agonía terminal, pero el costo ha sido sumamente alto para ambos pueblos: destrucción en todos los órdenes y la emigración forzada de millones de personas. Ambos países han terminado en las garras del odiado imperio; aquí en Venezuela, tras los hechos del 3 de enero de 2026, y en Cuba, en cualquier momento. Las fantasías y las ilusiones, tanto individuales como colectivas, no perdonan; la vida y la historia reales siempre las alcanzan.

Este no es el fin de la historia. La vida y el devenir continúan, con nosotros o sin nosotros. El siglo XXI ya transcurre y estamos en él, pero paradójicamente no hemos llegado a él todavía. El chavismo, como movimiento anacrónico, nos quiso devolver al pasado: al mundo bárbaro de Maisanta, a la Guerra Fría de la fallecida Unión Soviética y a la peor versión de nosotros mismos. Nos arrastró de vuelta al país rentista, al del facilismo y la corrupción, al de la ostentación de los nuevos ricos y al olvido del pueblo. Esto obligó a la ciudadanía a emigrar, a vivir sin electricidad y sin agua, cada día más pobre, porque se le confiscó y negó el ingreso mínimo para una vida digna, arrebatándole el futuro y condenando a la mayoría a la supervivencia y a la desesperanza. Todo fue destruido: el sistema productivo, el sistema educativo y el sanitario; en todo retrocedimos. Por cierto, un sector del chavismo, en vez de optar por la autocrítica y la enmienda, busca un nuevo camuflaje promoviendo un grupo político bajo el irónico nombre de "Futuro".

La actual coyuntura abre una ventana de oportunidades, como señalan algunos politólogos, pero esa puerta implica un tiempo y un recorrido. Es una tarea política prioritaria transitar este camino con éxito democrático, lo que exige un liderazgo esclarecido y a la altura de las circunstancias. Asimismo, requiere de unas élites capaces de mirar más allá de sus intereses particulares y de una sociedad donde cada sector asuma su cuota de responsabilidad. Que la economía mejore está en el interés de todos nosotros, pero también en el del "tutor", con el riesgo de que este árbitro de la política nacional asuma que el país está bien solo porque ellos están ganando dinero. El pueblo no está bailando en las calles ni estamos en el Carnaval de Río; los problemas siguen allí y ninguno tendrá una solución satisfactoria si no logramos nacionalizar nuestro propio camino hacia la libertad, la democracia y el desarrollo.

Ángel Lombardi