jueves, 13 de agosto de 2026

¿TRUMP, UN MAL NECESARIO?

 Este texto es un intento personal de comprensión de la coyuntura actual de nuestro país, más allá de la antipatía personal hacia este presidente de Estados Unidos y de mi rechazo total y absoluto a todo tipo de colonialismo e imperialismo. El chavismo, como fraude y fracaso histórico, facilitó que esta intervención sucediera al ubicarse geopolíticamente junto al castrismo y en el alineamiento global antiestadounidense, dada nuestra ubicación geográfica, nuestros importantes recursos petroleros y nuestro potencial económico. Tarde o temprano esta intervención iba a suceder, por las buenas o por las malas; bastó que se llevaran a Maduro para que el cogollo del poder en Venezuela, movido por el miedo y de manera pragmática y oportunista, pasara a ser subordinado y colaboracionista del imperio.

A partir del 3 de enero, con todo y que el régimen continúa, cambió la voz del amo y se marcó la ruta: lo primero es lo primero, el petróleo y la economía, ámbitos que ya controlan. Ahora viene el desmontaje de la dictadura; para ello, nada mejor que la amenaza bajo la cual el chavismo derrotado colabora y debe decidir entre conservar su patrimonio o inmolarse. Como siempre enseña la historia, prevalecerá lo primero.

Estamos en una transición tutelada en la que entran en juego los factores políticos y de poder internos. Hoy, 1 de agosto, y bajo el patrocinio y permiso del tutor, estos actores entran a negociar la reinstitucionalización del Estado y de la sociedad, con miras a llegar a unas elecciones libres para elegir poderes democráticos en un tiempo indeterminado, aunque el ritmo regulador lo tendrán el gobierno de Estados Unidos y la movilización social interna.

Esta enorme crisis nacional que venimos padeciendo durante las últimas tres décadas podría tener un final feliz si aterrizamos en la realidad con una recuperación progresiva de la democracia. Es preciso entender que por bastante tiempo nos conviene ser amigos y socios de los Estados Unidos por razones geopolíticas objetivas: estamos en el hemisferio occidental, declarado zona de seguridad en su Doctrina de Seguridad Nacional, dentro de una coyuntura de nuevo reparto de poder multipolar. El continente americano representa la última trinchera del imperio estadounidense, el cual vive una fuerte crisis interna y que, con los conflictos en curso en Ucrania, Irán y toda esa región, ha demostrado que ya no es el poder hegemónico mundial. Rusia va por lo suyo, China hace lo propio y la hegemonía absoluta de Estados Unidos ha quedado atrás; el siglo XX es cosa del pasado.

Una vez más nos encontramos ante la paradoja de la historia: en épocas de fuertes crisis y cambios, lo que para unos es un desastre, para otros representa una oportunidad. Venezuela entra en esta segunda categoría, de nuevo gracias al petróleo. Con las guerras en curso se está generando una enorme crisis energética global de producción y distribución, lo que implica que Venezuela —territorio controlado y cercano a Estados Unidos— necesita producir más petróleo lo más pronto posible. Eso va a ocurrir, trayendo consigo más recursos y mayor actividad económica en los próximos años, comenzando por este 2026. Ojalá no perdamos esta oportunidad para dar un salto cualitativo en nuestro desarrollo y evitemos cometer los errores del siglo XX petrolero.

Ángel Lombardi

sábado, 18 de julio de 2026

TIERRA DE LIBERTAD

 

La historia es una ciencia inútil si no aprendemos de ella. Para que un pueblo se emancipe y sea libre de verdad, debe dejar atrás las mitologías y leyendas de un pasado que termina convirtiéndose en una jaula de hierro para poder seguir avanzando. A los libertadores y fundadores de la república, gloria eterna; sin embargo, los hombres de los siglos XVIII y XIX no nos pueden ayudar a vivir y enfrentar los desafíos del siglo XXI. En la conciencia histórica colectiva, lo necesario y obligante no es conformarse con el consuelo de las glorias pasadas de los próceres, quienes ya cumplieron su papel. Ahora nos toca a nosotros asumir la responsabilidad de la patria, y ese proceso comienza con la pedagogía y el compromiso de ser hombres y mujeres libres, ejerciendo plenamente el derecho a tener derechos que se cumplan y sean efectivos.

Esa es la esencia de la democracia conquistada en el siglo XX, un logro alcanzado tras superar las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez (1899-1935). No obstante, en el siglo XXI otra dictadura se apoderó del país, manteniéndose desde 1999 hasta el presente año 2026, destruyendo instituciones, el aparato productivo y el tejido social, dejándonos además bajo una condición de recolonización. Deconstruir esa perversa estructura de poder y corrupción es una tarea urgente y necesaria si de verdad queremos habitar el siglo XXI. No es una labor fácil ni rápida; la democracia y la libertad hay que merecerlas y reconstruirlas. El primer paso hacia una verdadera estabilidad consiste en abrirle camino a la soberanía popular por medio de elecciones libres, relegitimar todos los poderes e instituciones, refundar el Estado al servicio de la sociedad y actuar como una nación unida, plural, diversa y libre.

Podemos lograrlo si cada individuo y cada sector asumen su cuota de responsabilidad con el bien común como objetivo. Los partidos políticos deben ser los primeros en dar el ejemplo, de la misma manera en que los sindicatos, gremios y el sector empresarial necesitan renovarse. Por su parte, el sector público debe gestionarse lejos del clientelismo y el nepotismo, concibiendo a las instituciones como un verdadero servicio al ciudadano, lo que exige que todos pasemos de ser simples habitantes a ciudadanos comprometidos. Asimismo, el centralismo y el presidencialismo deben comprender la importancia de la descentralización, permitiendo que cada región o estado asuma su propio desarrollo dentro de políticas de Estado que exijan planificación, continuidad, eficiencia y resultados.

Un aspecto crucial es cesar la impunidad frente a la corrupción, quizás nuestro principal problema, dado que ha permeado todas las instituciones públicas y privadas, así como a todos los sectores y estratos sociales. Debemos asumir la realidad fehaciente sin dejarnos abrumar por la cantidad de problemas que afrontamos; todos ellos tienen una solución racional en el corto, mediano y largo plazo. Con un gobierno legítimo, unos poderes depurados y una sociedad dispuesta, guiada por la clara conciencia histórica de que habitamos el siglo XXI, entenderemos que el pasado nunca nos va a resolver el presente, más allá del aprendizaje que nos proporcione para no cometer los mismos errores. El presente es nuestra verdadera novedad y compromiso, y es desde aquí donde se empieza a construir un futuro mejor.


Angel Lombardi

martes, 30 de junio de 2026

BOLÍVAR vs. MONROE

 En el libro Historia de la nación latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos (1968), se

sostienen tesis históricas elaboradas bajo la influencia preponderante del marxismo

histórico de la época. Esta perspectiva llegó a ser dominante en el mundo académico y

en las élites intelectuales del siglo XX, y todavía se mantiene en el siglo XXI, aunque

con menor influencia y fuertemente cuestionada. Dentro de este debate, el llamado

"monroísmo" (1823) fue y sigue siendo, básicamente, una doctrina de corte imperialista

que responde a los intereses de los Estados Unidos. Por el contrario, el

"bolivarianismo" se sustenta en dos proyectos políticos de Bolívar, ambos fracasados

en su momento: la creación de la Gran Colombia (1819-1831) y el publicitado Congreso

de Panamá. Convocado en 1824 y realizado en 1826, este último evento no contó con

la presencia del propio Bolívar, congregó a no más de catorce delegados y tres

observadores —uno de los cuales nunca llegó— y generó un documento que jamás fue

aprobado por los gobiernos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Chile, Perú,

México y Guatemala.

Fracasados estos intentos de unidad, federación y confederación en su tiempo, el

bolivarianismo terminó convirtiéndose en una retórica demagógica y ahistórica,

completamente alejada de la realidad geopolítica real. Mutó en una ideología de

resistencia antiimperialista y en la justificación revolucionaria para el asalto al poder por

parte de dictaduras y tiranías, como se evidencia en Cuba bajo la fórmula Bolívar-Martí,

en Nicaragua con Bolívar-Sandino, y en Venezuela mediante el binomio Bolívar-

Chávez; asimismo, sirvió de identidad fundacional para diversos grupos irregulares en

la región, como las FARC en Colombia. Ante este panorama, las preguntas

verdaderamente importantes y de carácter histórico —es decir, sometidas a tiempos y

espacios concretos— apuntan a si en cada país se ha consolidado una verdadera

república constitucional e institucional: una nación con reglas y leyes que se respeten

de verdad, lo cual, en el caso de muchos países, parece no haberse logrado.

De igual forma, cabe cuestionarse si puede existir y funcionar una república sin

republicanos, entendida esta carencia como la ausencia de una praxis ciudadana

cotidiana en la sociedad, el Estado y el gobierno. Asimismo, queda en entredicho si es

posible la existencia de una república y un Estado-nación sin un control territorial

efectivo y sin garantías de legalidad y soberanía para las personas y su entorno. A

estas interrogantes se podrían agregar muchas otras de carácter antropológico,

cultural, lingüístico, económico y de valores para indagar qué somos realmente como

identidad colectiva, local, regional y nacional.

Al examinar qué es Latinoamérica en concreto, conviene recordar que la palabra fue

inventada por los franceses para justificar su invasión a México. Lo latinoamericano se

presenta como un sentimiento confuso y difuso, pero también como una ideología


identitaria antiyanqui y el marcaje de tres siglos coloniales compartidos, una herencia

que en España prefieren denominar Hispanoamérica. Todas estas respuestas son

válidas y discutibles al mismo tiempo. Sin embargo, volviendo al principio, la diferencia

fundamental radica en que el monroísmo representa la geopolítica real de un Estado

constituido, mientras que el bolivarianismo, en términos geopolíticos, no pasa de ser un

discurso, una fantasía y una ilusión, por la sencilla razón de que cada uno de nuestros

países en la frontera sur de los Estados Unidos camina por su cuenta, posee

economías que compiten entre sí y defiende, como es lógico, sus propios intereses

nacionales.


Ángel Lombardi

"Por ahora"

 El "por ahora" de Chávez, pronunciado una vez rendido tras el fallido golpe de Estado

del 4 de febrero de 1992, ha funcionado como un mantra en la narrativa y la mitología

chavista. Esta misma frase se rememoró cuando se le obligó a renunciar en el año

2002 y fue devuelto al poder tres días después por los mismos militares, liderados en

ese entonces por el general Baduel, quien posteriormente pagaría con cárcel y con su

propia vida. En estos días de tutela imperial, tras los acontecimientos del 3 de enero de

2026 y ante la sumisa obediencia del régimen, algunos sectores radicales del chavismo

han reclamado la inconsecuencia política e ideológica de sus dirigentes. La respuesta

pública dentro del propio chavismo ha sido recurrir nuevamente al "por ahora"; es decir,

argumentan que siguen siendo y pensando lo mismo, pero que la correlación de

fuerzas actual los obliga a una retirada táctica, tal como ocurrió en 1992 y en 2002.

Se trata de la clásica fórmula leninista y de la ciencia militar que dicta saber retirarse a

tiempo o avanzar dos pasos y retroceder uno cuando las circunstancias lo imponen;

una estrategia que el chavismo lleva tres décadas practicando con éxito. En el argot

criollo, esto se define como "pasar agachado": el arte del disimulo, hacerse el

desentendido y esperar el momento oportuno para arriesgar la jugada. Chávez lo

explicó varias veces citando a Ezequiel Zamora y la batalla de Santa Inés, aludiendo al

arte de engañar al enemigo para convertir una derrota en un triunfo cuando llegue el

momento. Este es el mensaje que hoy transmiten a sus militantes más radicales. Lo

grave es que muchos se lo están creyendo, y no sé si los estadounidenses

—engolosinados con el petróleo y los negocios— o el sector empresarial actúan bajo la

misma premisa, como si la economía y la política no estuvieran íntimamente

relacionadas. Se nota que no han leído a Lenin y su célebre frase: "Un capitalista es

capaz de venderte la soga con la que lo van a ahorcar".

A casi cinco meses de los hechos del 3 de enero, el chavismo sigue al mando y en el

gobierno de manera hegemónica. Mantiene la presidencia, las gobernaciones y las

alcaldías. Controla la Asamblea Nacional, que en este momento constituye el centro del

poder y del gobierno. Conserva el Poder Judicial y el aparato policial de coerción

intactos, mientras que el Poder Electoral y el estamento militar no registran cambios

significativos. Asimismo, tienen cooptados a los sectores económicos y a las cúpulas

empresariales, al tiempo que mantienen vigentes las llamadas "leyes del odio". Aunque

han cambiado algunos nombres, la correlación de los poderes internos permanece

inalterada. Se han sacrificado figuras particularmente rechazadas por la opinión

pública, como Tarek William Saab, los dos El Aissami y algunos otros, depositando

sobre ellos la carga total de las responsabilidades en materia de corrupción y

delincuencia. Les tocó, sin ser inocentes, el papel bíblico de los chivos expiatorios para

cargar con las culpas propias y ajenas. En esa misma línea se perfila el destino de

Nicolás Maduro, Cilia Flores, "Nicolasito" y otros tantos nombres sacrificables; de


hecho, cobra fuerza la hipótesis de que Maduro fue entregado, dado que los relevos se

han concentrado en su entorno más cercano.

No tengo ninguna duda sobre la progresiva mejoría económica del país. Sin embargo,

desde mi perspectiva, si en paralelo no avanzamos hacia una ruta democrática con

elecciones libres, gobernabilidad y cambios alternativos en todos los niveles, se corre el

riesgo de que la fórmula del "por ahora" les vuelva a funcionar. No subestimo la

inteligencia de la administración de Trump y menos la de Marco Rubio, quien conoce

muy bien quién es quién en Venezuela. No obstante, un imperio en crisis dentro de su

propia sociedad y desafiado por conflictos globales podría fácilmente conformarse con

la garantía del petróleo y otros negocios, olvidando que los venezolanos queremos

prosperidad pero también democracia. A Trump, en particular, no parece importarle la

felicidad de los venezolanos, a quienes ha denigrado de diversas maneras, además de

mantener un trato sumamente adverso hacia los migrantes que se encuentran en los

Estados Unidos. Es una lección elemental de la historia: los países no tienen amigos; a

cada nación le toca resolver sus propios problemas y forjar su propio destino.


Angel Lombardi