martes, 28 de abril de 2026

DE LA SUBLEVACIÓN DE LAS MASAS A LA DOMESTICACIÓN DE LAS MISMAS

 La "domesticación" de las masas y la "cancelación" del pensamiento crítico constituyen el gran proyecto totalitario en desarrollo en la sociedad del siglo XXI, independientemente del sistema político o la ideología imperante. Es la promesa tecnológica de los dueños del gran capital —el verdadero Big Brother— y del sistema financiero global; específicamente de la tecnocracia del monopolio comunicacional y tecnológico, apoyada en la Inteligencia Artificial y el manejo masivo de datos.

Este proceso se articula a través del control y la manipulación de la información, donde el uso de la desinformación, la propaganda y la "verdad alternativa" construida tecnológicamente dificultan cada día más el acceso a la realidad fehaciente. Se impone así un control del relato mediante la construcción de narrativas orientadas a confundir, crear falsas certezas y establecer patrones de consumo y pensamiento alineados, uniformes y unidimensionales.

En el ámbito académico, ya se observa el desmantelamiento del pensamiento humanista mediante la cancelación de cátedras y facultades que estimulen el juicio crítico. Uno de los profetas de esta era tecnológica y distópica, Elon Musk, ha sugerido que la formación universitaria es innecesaria frente a los oficios técnicos, perfilando una universidad funcional de bárbaros especializados y escuelas formadoras de conformistas y consumidores "felices".

A la par, las tecnologías de control y vigilancia han eliminado los espacios privados libres, aspirando incluso al uso de dispositivos injertados para monitorear acciones y pensamientos. La meta es la despersonalización y la uniformidad de ideas y conductas para hacernos previsibles, frágiles y manipulables. A esto se suma la inoculación de una cultura del miedo donde la realidad se presenta como una amenaza permanente; basta observar cómo las noticias convierten todo en un peligro potencial, incluso la salud, induciendo a una prevención constante aun cuando se está sano.

Bajo este esquema, la felicidad se transforma en una receta de predicadores, gurús y libros de autoayuda, mientras la ansiedad y la depresión se extienden como una epidemia o desembocan en el refugio fanático. El mal de nuestro tiempo es un sistema planificado para convertirnos en consumidores endeudados y personas sin criterio propio, donde toda disidencia es castigada, se aplaude el egoísmo y se premia al delincuente que alcanza el éxito a través del poder y el dinero.

 

Ángel Lombardi

EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

 De acuerdo con la nueva Doctrina de Seguridad Nacional publicada en noviembre de 2025, Estados Unidos ha definido sus áreas estratégicas de manera más directa. Con la declaración de su Secretario de Guerra, se delimita un espacio vital territorial donde, en términos de realismo político, todos los gobiernos de la región deben ser "amigos y socios" —por las buenas o por las malas— en todo el continente americano.

De manera más precisa, se define como área de interés vital para el imperio el territorio que comprende desde Alaska hasta la línea ecuatorial. Esto incluye a Canadá y Groenlandia; México, Centroamérica y el Caribe; y el norte de Sudamérica, abarcando a Venezuela, Colombia, Ecuador y las Guayanas. De esta forma, se empiezan a redefinir los "espacios imperiales" de esta nueva era de los tres imperios. Esta zona estratégica aspira a ser el equivalente al Mediterráneo para el antiguo Imperio Romano.

Esta reconfiguración le abre la puerta a China para anexionarse a Taiwán, mantener el control sobre el Tíbet y conservar su influencia en Nepal y Bután —vitales en su rivalidad estratégica con la India—, además de ejercer dominio sobre Mongolia, país de amortiguación frente a Rusia. Por su parte, Rusia consolida su posición en Ucrania, el Mar Negro, el Cáucaso y Asia Central. Estamos en pleno proceso de un nuevo reparto del mundo, con zonas de potenciales disputas y conflictos en procesos de balcanización, como el Cercano Oriente y, fundamentalmente, África.

Este proceso sustituye el orden mundial establecido en Yalta en 1946, que culminó formalmente en 1991 con el colapso de la Unión Soviética, y se redefine a partir del surgimiento de China como potencia rival (periodo 1973-2015) y la consolidación de la Rusia de Putin desde el año 2000. Como diría el poeta Walt Whitman: "La yerba crece, pero no la vemos crecer".

Europa, por su parte, queda por su cuenta frente a Rusia y tendrá que redefinir sus relaciones con los tres imperios y el resto del mundo. Su principal desafío es la unidad política: siguen siendo 27 Estados nacionales que, unidos, representan una potencia económica, tecnológica y pronto militar; pero desunidos, ningún país tiene el tamaño ni la demografía necesaria para encarar la tripolaridad del nuevo orden mundial en curso. En este escenario, la India mantiene un peso propio y Japón encara sus propios desafíos.

África es un continente vasto, complejo y fragmentado, marcado aún por el rezago a pesar de las grandes diferencias entre naciones. El resto del globo se divide en escenarios regionales con subpotencias en competencia: Alemania, Inglaterra y Francia en Europa; Israel, Turquía, Irán y Arabia Saudita en Medio Oriente; y Egipto, Argelia, Marruecos y Sudáfrica en el continente africano. A esto se suman los países con arsenal nuclear y aquellos con capacidad de obtenerlo. En este esquema, América Latina, como conjunto, desaparece como sujeto geopolítico.

El sur de Sudamérica se definirá, básicamente, por las relaciones entre Brasil y Argentina, siendo el primero una subpotencia de importancia global creciente debido a sus dimensiones. Como siempre, el mundo en sus dinámicas históricas y coyunturales es una complejidad en proceso donde nada es vaticinable con certeza. La incertidumbre y los conflictos inevitables nos acompañarán.

El riesgo nuclear permanecerá como una amenaza latente, al igual que los desafíos tecnológicos, los retos de la pobreza, la desigualdad, la problemática ambiental y la fragilidad de los sistemas políticos. La lucha por la paz y unas relaciones internacionales de respeto e intercambio pacífico seguirán siendo exigencias necesarias en esta nueva etapa de la humanidad. La historia sigue y estamos en ella; los tiempos cambian, pero la naturaleza humana permanece.


Ángel Lombardi

jueves, 16 de abril de 2026

El fanatismo religioso y la guerra entre Irán e Israel

 La crónica bélica contemporánea tiende a obviar factores fundamentales para el análisis geopolítico, como lo son la historia y la cultura. Contrariamente a lo que se afirma en la narrativa común, Irán e Israel fueron países que se reconocían diplomáticamente antes de 1979. La relación entre el pueblo persa y el pueblo hebreo es milenaria, remontándose a la época acadia-babilónica hace más de dos mil años a. C. De hecho, hasta 1979, en Irán vivían más de 150 mil judíos iraníes de muchas generaciones anteriores; una realidad que cambió drásticamente a partir de ese año, estimándose que actualmente solo permanecen en el país unos 10 mil.

El punto de inflexión fue la llegada al poder en 1979 del régimen teocrático de los Ayatolás. Este sistema, basado en un fundamentalismo chiita, desconoció la existencia del Estado de Israel e inició una campaña de hostilidad concretada mediante el apoyo a grupos como Hamás y Hezbollah. Por otro lado, el conflicto se potencia cuando en Israel llega al gobierno el radicalismo judío del partido religioso. Bajo la administración de Netanyahu, se convirtió en política de Estado la "neutralización" de Irán, por ser considerada la amenaza estratégica por excelencia para el Estado hebreo.

La desproporción entre ambas naciones es abismal en términos de territorio y población: Israel cuenta con menos de 10 millones de habitantes frente a los más de 90 millones de Irán. No obstante, en desarrollo, tecnología y poder militar, Israel supera a Irán, contando además con una capacidad nuclear que Irán aún no posee, pese a tener un programa en desarrollo. Al no compartir una frontera común —están separados por dos mil kilómetros— el conflicto se desarrolla principalmente en el espacio aéreo. En este escenario, Israel dependería críticamente del apoyo de Estados Unidos para sostener un enfrentamiento prolongado; sin embargo, la opinión pública estadounidense rechaza la guerra e Irán posee el "arma" del control sobre el Estrecho de Ormuz, cuyo impacto en la economía global sería devastador para Europa y el Lejano Oriente.

Tras casi un mes de intensos bombardeos mutuos, el temor principal es una escalada que precipite una crisis económica de grandes proporciones o la tentación de utilizar armas nucleares por parte de Israel, dado que el daño territorial que podría sufrir se le haga intolerable por su limitada geografía. Como suele decirse: las guerras se sabe cómo comienzan, pero nadie sabe cómo terminan. El ejemplo de Rusia y Putin, empantanados en una invasión a Ucrania que ya supera los cuatro años, es prueba del desgaste humano y económico que esto conlleva. La guerra entre Irán e Israel tiene múltiples causas e intereses en pugna, pero el fanatismo religioso en ambas partes agrega un ingrediente irracional y sumamente peligroso.

 Ángel Lombardi

 

sábado, 14 de marzo de 2026

EL "CHAVISMO" Y SU FRACASO HISTÓRICO

 El llamado "chavismo", por primera vez en su historia, ha perdido el norte político; por ello, está condenado al fracaso y, si se empecina en no entender la realidad fehaciente, a la extinción.

Chávez no fue un ideólogo: heredó a la anacrónica izquierda estalinista venezolana, la cual terminó de enterrarse cuando se amarró al tótem fidelista y al oportunismo castrista, peones del imperio soviético en territorios del hegemon gringo. El 3 de enero de 2026 los alcanzó la realidad geopolítica real, que es y sigue siendo global.

El drama es que su error estratégico de casi cuatro décadas arruinó al país y desmadró la vida de la mayoría. Ocurrió igual que con los cubanos, quienes, por la megalomanía de Castro y su incapacidad de entender la realidad nacional e internacional, confundieron ideología con religión y política. Se asumió el poder personal —nuestro tradicional caudillismo— y se acabó con Cuba; a la vista está el resultado.

Chávez lo copió en Venezuela y el castrismo perverso le alimentó el ego y el narcisismo a una persona inteligente e intuitiva, pero ignara y con carencias psíquicas evidentes. Su éxito político inicial y electoral se lo debió a dos manipuladores políticos experimentados, Miquilena y Rangel. Después del golpe de 2002, Chávez entendió que para sobrevivir necesitaba a los espías y represores castristas, e incorporar a los mandos militares en el gobierno y en el manejo de cuantiosos recursos. Con la tentación de la corrupción, el éxito en la creación de una "boliburguesía" resultó evidente.

Se mezclaron los mandos en las regiones militares y en el alto mando para evitar conspiraciones, además de ser tolerantes con las guerrillas colombianas, el narcotráfico y el crimen organizado. Esta fue la estructura de control y poder que heredó Maduro y, de manera inevitable, pasamos del autoritarismo a la dictadura, con un partido absolutamente clientelar y un paramilitarismo delincuencial.

Todo esto se quebró el 3 de enero por un acto de fuerza absoluto: vino el imperio y "mandó a parar" a un régimen imparable para la oposición democrática, a pesar de los muchos intentos y las víctimas. Esta es la apretada síntesis, en mi limitado juicio, del chavismo en el poder durante 27 años.

Ahora, el chavismo nostálgico suspira por los tiempos pasados. Sin gente, sin pueblo, huérfanos de liderazgo y divididos en lo que queda, repiten —todavía con poder— el nostálgico "por ahora", como un mantra del 4F-1992. El liderazgo chavista está profundamente dividido en dos estrategias: los "colaboracionistas", que buscan ganar tiempo, portarse bien con el imperio y "pasar agachados" para no quedar totalmente fuera de juego en la futura e inevitable reconfiguración del poder; y otros, más torpes o más coherentes, que no terminan de asimilar lo ocurrido el 3 de enero y "patalean" simbólicamente o, los más radicales, denuncian de frente la traición.

Estamos en días y meses de pleno desarrollo. La gran mayoría queremos un país democrático y próspero; priorizamos los derechos humanos, sociales y laborales. Entendemos que la economía necesita tiempo y condiciones, pero la expectativa general es positiva. Sin embargo, el hecho definitivo es devolverle a la soberanía popular la decisión electoral para legitimar todos los poderes y poder tener una democracia y un país con futuro.

El imperio, por un tiempo indeterminado, va a ser decisivo en los procesos en curso, en particular en la economía y en nuestro posicionamiento estratégico. Pero a los venezolanos, con el tiempo, nos toca decidir nuestro destino político y nacional. Estamos en una nueva etapa política con un chavismo disminuido y confundido, pero todavía con poder e influencia. No hay que subestimarlos ni agraviarlos innecesariamente, pero tampoco ignorar las responsabilidades en la represión y la corrupción. El momentum es delicado y precario, pero con una dinámica potencialmente positiva en todos los aspectos.

 

Ángel Lombardi