sábado, 5 de septiembre de 2026

Estamos mal, pero vamos bien

Esta frase la tomo de Teodoro Petkoff, quien, siendo ministro de Planificación del segundo gobierno de Rafael Caldera, la usó para explicar la situación del país en aquel momento y las medidas correctivas que se estaban tomando. Hoy la situación es muy diferente, pero la paradójica frase vuelve a aplicar.

"Estamos mal", sin lugar a dudas. Para la mayoría de la población nada ha cambiado en su cotidianidad. El ingreso de los trabajadores, pensionados y jubilados sigue siendo dramáticamente insuficiente, muy lejos de poder cubrir sus necesidades básicas. Los "apagones" siguen martirizando nuestro día a día, el racionamiento del agua persiste, y tanto el sistema público de salud como el educativo se mantienen sin variaciones. El sistema de servicios e infraestructura conserva su deplorable realidad, y la lista puede ser aún más larga.

Sin embargo, estamos mal pero hay un horizonte que empieza a "clarear" y es percibido por la inmensa mayoría con lo acaecido el 3 de enero: la "guerra de dos horas", según el decir de Mr. Trump. La captura o entrega de Maduro cambia radicalmente el panorama político y, de facto, Estados Unidos se convierte en "amo y señor" de nuestro inmediato futuro. La gran novedad es el hecho de que dejan al mismo gobierno para crear una transición o cambio hacia una posible recuperación democrática del país: deconstruir el régimen desde el mismo régimen con la incorporación progresiva de factores opositores. Es lo que han llamado el "plan de las tres fases", el cual hasta ahora les ha funcionado y cuenta con la simpatía de las élites políticas y económicas. El gobierno de facto —el que ya existía, mantenido por Estados Unidos— ha resultado un diligente y obediente colaborador, al igual que los sectores económicos y factores de poder.

El "plan" lleva ocho meses y su prioridad absoluta se ha centrado en la estabilidad y la economía, con particular énfasis en petróleo, gas y oro. Esto era previsible por las características de nuestro país en cuanto a reservas petroleras y otros recursos naturales, así como por el nuevo orden global y la prioridad que le ha dado Estados Unidos al Hemisferio Occidental —léase el continente americano, Groenlandia incluida—. Por un tiempo largo, Estados Unidos va a ser parte protagónica de nuestro devenir histórico. Hasta aquí la realidad de los hechos.

El "vamos bien" tiene que ver con las expectativas en la recuperación económica del país en un lapso de, por lo menos, un quinquenio. Sin embargo, falta por despejar las incertidumbres políticas en torno a la plena recuperación democrática del país: el ejercicio de la soberanía popular, las elecciones libres, las fechas fijadas y la legitimación de todos los poderes con el retorno a la legalidad constitucional. Aquí el escenario es móvil, complejo e imprevisible; el "árbitro" es el "tutor", cuyos intereses nacionales van a ser protegidos, sin que sepamos si también serán resguardados nuestros lícitos y propios intereses nacionales. De allí deriva la importancia y la responsabilidad de cada sector social, económico y político en la reconstrucción y recuperación del país.

jueves, 13 de agosto de 2026

¿TRUMP, UN MAL NECESARIO?

 Este texto es un intento personal de comprensión de la coyuntura actual de nuestro país, más allá de la antipatía personal hacia este presidente de Estados Unidos y de mi rechazo total y absoluto a todo tipo de colonialismo e imperialismo. El chavismo, como fraude y fracaso histórico, facilitó que esta intervención sucediera al ubicarse geopolíticamente junto al castrismo y en el alineamiento global antiestadounidense, dada nuestra ubicación geográfica, nuestros importantes recursos petroleros y nuestro potencial económico. Tarde o temprano esta intervención iba a suceder, por las buenas o por las malas; bastó que se llevaran a Maduro para que el cogollo del poder en Venezuela, movido por el miedo y de manera pragmática y oportunista, pasara a ser subordinado y colaboracionista del imperio.

A partir del 3 de enero, con todo y que el régimen continúa, cambió la voz del amo y se marcó la ruta: lo primero es lo primero, el petróleo y la economía, ámbitos que ya controlan. Ahora viene el desmontaje de la dictadura; para ello, nada mejor que la amenaza bajo la cual el chavismo derrotado colabora y debe decidir entre conservar su patrimonio o inmolarse. Como siempre enseña la historia, prevalecerá lo primero.

Estamos en una transición tutelada en la que entran en juego los factores políticos y de poder internos. Hoy, 1 de agosto, y bajo el patrocinio y permiso del tutor, estos actores entran a negociar la reinstitucionalización del Estado y de la sociedad, con miras a llegar a unas elecciones libres para elegir poderes democráticos en un tiempo indeterminado, aunque el ritmo regulador lo tendrán el gobierno de Estados Unidos y la movilización social interna.

Esta enorme crisis nacional que venimos padeciendo durante las últimas tres décadas podría tener un final feliz si aterrizamos en la realidad con una recuperación progresiva de la democracia. Es preciso entender que por bastante tiempo nos conviene ser amigos y socios de los Estados Unidos por razones geopolíticas objetivas: estamos en el hemisferio occidental, declarado zona de seguridad en su Doctrina de Seguridad Nacional, dentro de una coyuntura de nuevo reparto de poder multipolar. El continente americano representa la última trinchera del imperio estadounidense, el cual vive una fuerte crisis interna y que, con los conflictos en curso en Ucrania, Irán y toda esa región, ha demostrado que ya no es el poder hegemónico mundial. Rusia va por lo suyo, China hace lo propio y la hegemonía absoluta de Estados Unidos ha quedado atrás; el siglo XX es cosa del pasado.

Una vez más nos encontramos ante la paradoja de la historia: en épocas de fuertes crisis y cambios, lo que para unos es un desastre, para otros representa una oportunidad. Venezuela entra en esta segunda categoría, de nuevo gracias al petróleo. Con las guerras en curso se está generando una enorme crisis energética global de producción y distribución, lo que implica que Venezuela —territorio controlado y cercano a Estados Unidos— necesita producir más petróleo lo más pronto posible. Eso va a ocurrir, trayendo consigo más recursos y mayor actividad económica en los próximos años, comenzando por este 2026. Ojalá no perdamos esta oportunidad para dar un salto cualitativo en nuestro desarrollo y evitemos cometer los errores del siglo XX petrolero.

Ángel Lombardi

sábado, 18 de julio de 2026

TIERRA DE LIBERTAD

 

La historia es una ciencia inútil si no aprendemos de ella. Para que un pueblo se emancipe y sea libre de verdad, debe dejar atrás las mitologías y leyendas de un pasado que termina convirtiéndose en una jaula de hierro para poder seguir avanzando. A los libertadores y fundadores de la república, gloria eterna; sin embargo, los hombres de los siglos XVIII y XIX no nos pueden ayudar a vivir y enfrentar los desafíos del siglo XXI. En la conciencia histórica colectiva, lo necesario y obligante no es conformarse con el consuelo de las glorias pasadas de los próceres, quienes ya cumplieron su papel. Ahora nos toca a nosotros asumir la responsabilidad de la patria, y ese proceso comienza con la pedagogía y el compromiso de ser hombres y mujeres libres, ejerciendo plenamente el derecho a tener derechos que se cumplan y sean efectivos.

Esa es la esencia de la democracia conquistada en el siglo XX, un logro alcanzado tras superar las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez (1899-1935). No obstante, en el siglo XXI otra dictadura se apoderó del país, manteniéndose desde 1999 hasta el presente año 2026, destruyendo instituciones, el aparato productivo y el tejido social, dejándonos además bajo una condición de recolonización. Deconstruir esa perversa estructura de poder y corrupción es una tarea urgente y necesaria si de verdad queremos habitar el siglo XXI. No es una labor fácil ni rápida; la democracia y la libertad hay que merecerlas y reconstruirlas. El primer paso hacia una verdadera estabilidad consiste en abrirle camino a la soberanía popular por medio de elecciones libres, relegitimar todos los poderes e instituciones, refundar el Estado al servicio de la sociedad y actuar como una nación unida, plural, diversa y libre.

Podemos lograrlo si cada individuo y cada sector asumen su cuota de responsabilidad con el bien común como objetivo. Los partidos políticos deben ser los primeros en dar el ejemplo, de la misma manera en que los sindicatos, gremios y el sector empresarial necesitan renovarse. Por su parte, el sector público debe gestionarse lejos del clientelismo y el nepotismo, concibiendo a las instituciones como un verdadero servicio al ciudadano, lo que exige que todos pasemos de ser simples habitantes a ciudadanos comprometidos. Asimismo, el centralismo y el presidencialismo deben comprender la importancia de la descentralización, permitiendo que cada región o estado asuma su propio desarrollo dentro de políticas de Estado que exijan planificación, continuidad, eficiencia y resultados.

Un aspecto crucial es cesar la impunidad frente a la corrupción, quizás nuestro principal problema, dado que ha permeado todas las instituciones públicas y privadas, así como a todos los sectores y estratos sociales. Debemos asumir la realidad fehaciente sin dejarnos abrumar por la cantidad de problemas que afrontamos; todos ellos tienen una solución racional en el corto, mediano y largo plazo. Con un gobierno legítimo, unos poderes depurados y una sociedad dispuesta, guiada por la clara conciencia histórica de que habitamos el siglo XXI, entenderemos que el pasado nunca nos va a resolver el presente, más allá del aprendizaje que nos proporcione para no cometer los mismos errores. El presente es nuestra verdadera novedad y compromiso, y es desde aquí donde se empieza a construir un futuro mejor.


Angel Lombardi

martes, 30 de junio de 2026

BOLÍVAR vs. MONROE

 En el libro Historia de la nación latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos (1968), se

sostienen tesis históricas elaboradas bajo la influencia preponderante del marxismo

histórico de la época. Esta perspectiva llegó a ser dominante en el mundo académico y

en las élites intelectuales del siglo XX, y todavía se mantiene en el siglo XXI, aunque

con menor influencia y fuertemente cuestionada. Dentro de este debate, el llamado

"monroísmo" (1823) fue y sigue siendo, básicamente, una doctrina de corte imperialista

que responde a los intereses de los Estados Unidos. Por el contrario, el

"bolivarianismo" se sustenta en dos proyectos políticos de Bolívar, ambos fracasados

en su momento: la creación de la Gran Colombia (1819-1831) y el publicitado Congreso

de Panamá. Convocado en 1824 y realizado en 1826, este último evento no contó con

la presencia del propio Bolívar, congregó a no más de catorce delegados y tres

observadores —uno de los cuales nunca llegó— y generó un documento que jamás fue

aprobado por los gobiernos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Chile, Perú,

México y Guatemala.

Fracasados estos intentos de unidad, federación y confederación en su tiempo, el

bolivarianismo terminó convirtiéndose en una retórica demagógica y ahistórica,

completamente alejada de la realidad geopolítica real. Mutó en una ideología de

resistencia antiimperialista y en la justificación revolucionaria para el asalto al poder por

parte de dictaduras y tiranías, como se evidencia en Cuba bajo la fórmula Bolívar-Martí,

en Nicaragua con Bolívar-Sandino, y en Venezuela mediante el binomio Bolívar-

Chávez; asimismo, sirvió de identidad fundacional para diversos grupos irregulares en

la región, como las FARC en Colombia. Ante este panorama, las preguntas

verdaderamente importantes y de carácter histórico —es decir, sometidas a tiempos y

espacios concretos— apuntan a si en cada país se ha consolidado una verdadera

república constitucional e institucional: una nación con reglas y leyes que se respeten

de verdad, lo cual, en el caso de muchos países, parece no haberse logrado.

De igual forma, cabe cuestionarse si puede existir y funcionar una república sin

republicanos, entendida esta carencia como la ausencia de una praxis ciudadana

cotidiana en la sociedad, el Estado y el gobierno. Asimismo, queda en entredicho si es

posible la existencia de una república y un Estado-nación sin un control territorial

efectivo y sin garantías de legalidad y soberanía para las personas y su entorno. A

estas interrogantes se podrían agregar muchas otras de carácter antropológico,

cultural, lingüístico, económico y de valores para indagar qué somos realmente como

identidad colectiva, local, regional y nacional.

Al examinar qué es Latinoamérica en concreto, conviene recordar que la palabra fue

inventada por los franceses para justificar su invasión a México. Lo latinoamericano se

presenta como un sentimiento confuso y difuso, pero también como una ideología


identitaria antiyanqui y el marcaje de tres siglos coloniales compartidos, una herencia

que en España prefieren denominar Hispanoamérica. Todas estas respuestas son

válidas y discutibles al mismo tiempo. Sin embargo, volviendo al principio, la diferencia

fundamental radica en que el monroísmo representa la geopolítica real de un Estado

constituido, mientras que el bolivarianismo, en términos geopolíticos, no pasa de ser un

discurso, una fantasía y una ilusión, por la sencilla razón de que cada uno de nuestros

países en la frontera sur de los Estados Unidos camina por su cuenta, posee

economías que compiten entre sí y defiende, como es lógico, sus propios intereses

nacionales.


Ángel Lombardi