La historia es una ciencia inútil si no aprendemos de ella. Para que un pueblo se emancipe y sea libre de verdad, debe dejar atrás las mitologías y leyendas de un pasado que termina convirtiéndose en una jaula de hierro para poder seguir avanzando. A los libertadores y fundadores de la república, gloria eterna; sin embargo, los hombres de los siglos XVIII y XIX no nos pueden ayudar a vivir y enfrentar los desafíos del siglo XXI. En la conciencia histórica colectiva, lo necesario y obligante no es conformarse con el consuelo de las glorias pasadas de los próceres, quienes ya cumplieron su papel. Ahora nos toca a nosotros asumir la responsabilidad de la patria, y ese proceso comienza con la pedagogía y el compromiso de ser hombres y mujeres libres, ejerciendo plenamente el derecho a tener derechos que se cumplan y sean efectivos.
Esa es la esencia de la democracia conquistada en el siglo XX, un logro alcanzado tras superar las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez (1899-1935). No obstante, en el siglo XXI otra dictadura se apoderó del país, manteniéndose desde 1999 hasta el presente año 2026, destruyendo instituciones, el aparato productivo y el tejido social, dejándonos además bajo una condición de recolonización. Deconstruir esa perversa estructura de poder y corrupción es una tarea urgente y necesaria si de verdad queremos habitar el siglo XXI. No es una labor fácil ni rápida; la democracia y la libertad hay que merecerlas y reconstruirlas. El primer paso hacia una verdadera estabilidad consiste en abrirle camino a la soberanía popular por medio de elecciones libres, relegitimar todos los poderes e instituciones, refundar el Estado al servicio de la sociedad y actuar como una nación unida, plural, diversa y libre.
Podemos lograrlo si cada individuo y cada sector asumen su cuota de responsabilidad con el bien común como objetivo. Los partidos políticos deben ser los primeros en dar el ejemplo, de la misma manera en que los sindicatos, gremios y el sector empresarial necesitan renovarse. Por su parte, el sector público debe gestionarse lejos del clientelismo y el nepotismo, concibiendo a las instituciones como un verdadero servicio al ciudadano, lo que exige que todos pasemos de ser simples habitantes a ciudadanos comprometidos. Asimismo, el centralismo y el presidencialismo deben comprender la importancia de la descentralización, permitiendo que cada región o estado asuma su propio desarrollo dentro de políticas de Estado que exijan planificación, continuidad, eficiencia y resultados.
Un aspecto crucial es cesar la impunidad frente a la corrupción, quizás nuestro principal problema, dado que ha permeado todas las instituciones públicas y privadas, así como a todos los sectores y estratos sociales. Debemos asumir la realidad fehaciente sin dejarnos abrumar por la cantidad de problemas que afrontamos; todos ellos tienen una solución racional en el corto, mediano y largo plazo. Con un gobierno legítimo, unos poderes depurados y una sociedad dispuesta, guiada por la clara conciencia histórica de que habitamos el siglo XXI, entenderemos que el pasado nunca nos va a resolver el presente, más allá del aprendizaje que nos proporcione para no cometer los mismos errores. El presente es nuestra verdadera novedad y compromiso, y es desde aquí donde se empieza a construir un futuro mejor.
Angel Lombardi