Elon Musk, en X —de la cual es propietario— tiene más de 230 millones de seguidores, lo que indica que es una voz escuchada. Además, su figura pública, que él cultiva, tiene proyección mundial e influencia indudable.
No sé si los tuits los escribe personalmente o si lo hace un
equipo, pero los temas que aborda merecen atención. Ninguna opinión es
inocente, y siempre cabe preguntarse cuál es la intención detrás de cada
opinión que damos. Una opinión no es ciencia, ni mucho menos la verdad.
Musk se ha referido al tema migratorio y demográfico y, en
sus planteamientos, refleja una preocupación por la inmigración ilegal y por la
procedencia étnico‑cultural de muchos de los migrantes. Que un Estado Nacional
controle sus fronteras no está en discusión; la pregunta importante es cómo
entran y quién o quiénes los dejan entrar.
Son los propios gobiernos y empresarios —ávidos de mano de
obra barata, y de técnicos y profesionales cuya formación no pagaron— quienes
los “apetecen” y facilitan su entrada, legal e ilegalmente; preferentemente
esto último, porque facilita su explotación laboral. Pero cuando el país
receptor y cómplice, por codicia, empieza a tener problemas internos,
económicos, políticos o de cualquier tipo, entonces el inmigrante —en
particular si es de cierto color— se convierte en el problema, en “el enemigo
interior”.
Por estos lados decimos “el paganini”.
Yo lo llamo hipocresía política y empresarial; o, para ser
más crudo y directo, “nazismo o método Hitler”. Creo que es lo que está
ocurriendo en Estados Unidos y en algunos países europeos.
En cuanto a la demografía: usted viene de un país,
Sudáfrica, que inventó el funesto apartheid, donde una minoría blanca —al
final, unos 8 millones de personas— dominaba, explotaba y excluía a 22 millones
de nativos negros de diversas etnias. Al final, se impuso la realidad real, y
ahora a Sudáfrica la gobiernan esos “negros”.
Me pregunto maliciosamente: ¿no será este el peligro que
están viendo los grupos dominantes frente al aluvión migratorio que necesitan
para explotar, pero que, si siguen creciendo, en algún momento les discutirá el
poder y, eventualmente, les quitará o arrebatará ese poder?
Con las drogas pasa igual: se consumen allá y el dinero
termina allá, pero la culpa está acá. Lo mismo ocurre con la
desindustrialización de Estados Unidos: sus empresas se mudaron a países de
mano de obra barata, leyes laxas y gobiernos corruptos que facilitaban “buenos
negocios”, y tenían grandes mercados emergentes de potenciales consumidores:
millones y millones de personas. Y ahora se quejan de que Estados Unidos, que
en 1945 era una potencia manufacturera con el 50% de la producción mundial, hoy
apenas representa el 5%.
Sus empresarios buscaron buenos y rápidos negocios, y ahora
viene este personaje a decirle al mundo que los han estafado esos pueblos
“malos”, de colores diversos.
Menos mal que el mundo está cambiando, y cada vez hay más
personas, en todas las latitudes, que saben quién es quién.
Ángel Lombardi
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