El torturador y sus víctimas podría haberse titulado esta excelente película iraní. También sería un título adecuado El odio, la venganza y el perdón, o simplemente Humano, demasiado humano. La historia universal y la historia de cada país registran en algún momento el hecho monstruoso de Caín asesinando a su hermano Abel; la existencia de victimarios y víctimas es tan frecuente y recurrente que casi siempre se trata de olvidar o borrar de la memoria.
Por eso algunos, de buena fe, quieren "borrar" el
Helicoide. Convertido en centro comercial, cultural o deportivo, con el paso
del tiempo —y una vez muertos quienes allí torturaban, maltrataban e igual sus
víctimas— se condenaría al olvido en la memoria y consciencia colectiva a este
emblemático centro del horror carcelario. En contraste, los judíos,
milenariamente perseguidos, después del genocidio del Holocausto nazi no
olvidaron ni quieren olvidar la Shoah, y para ello crearon los Museos de la
Memoria. No lo hicieron por odio o venganza, sino para no olvidar y como
pedagogía para no repetir esos horrores.
La película plantea magistralmente esta compleja
problemática en una historia sencilla que gira en torno a unos pocos
personajes: el torturador, su familia y cuatro de sus víctimas. La trama
transcurre en el Irán teocrático actual, una dictadura político-religiosa en
una sociedad que, como muchas de nuestras naciones latinoamericanas, se
encuentra a medio camino entre la modernidad y el medievo; entre el desarrollo
y el subdesarrollo, y entre democracias precarias y feroces dictaduras.
Esta obra resulta muy oportuna en Venezuela, donde estamos
intentando salir de una larga dictadura y se mantiene en discusión una Ley de
Amnistía que plantea, más que justicia, equidad y reparación, el "perdón y
el olvido". No se quiere odio ni venganza, pero sí una recta aplicación de
la ley y minimizar la impunidad para que no se repitan las atrocidades
cometidas. Nunca una película fue más oportuna para educarnos a todos, tanto a
víctimas como a victimarios.
Ángel Lombardi
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