De acuerdo con la nueva Doctrina de Seguridad Nacional publicada en noviembre de 2025, Estados Unidos ha definido sus áreas estratégicas de manera más directa. Con la declaración de su Secretario de Guerra, se delimita un espacio vital territorial donde, en términos de realismo político, todos los gobiernos de la región deben ser "amigos y socios" —por las buenas o por las malas— en todo el continente americano.
De manera más precisa, se define como área de interés vital
para el imperio el territorio que comprende desde Alaska hasta la línea
ecuatorial. Esto incluye a Canadá y Groenlandia; México, Centroamérica y el
Caribe; y el norte de Sudamérica, abarcando a Venezuela, Colombia, Ecuador y
las Guayanas. De esta forma, se empiezan a redefinir los "espacios
imperiales" de esta nueva era de los tres imperios. Esta zona estratégica
aspira a ser el equivalente al Mediterráneo para el antiguo Imperio Romano.
Esta reconfiguración le abre la puerta a China para
anexionarse a Taiwán, mantener el control sobre el Tíbet y conservar su
influencia en Nepal y Bután —vitales en su rivalidad estratégica con la India—,
además de ejercer dominio sobre Mongolia, país de amortiguación frente a Rusia.
Por su parte, Rusia consolida su posición en Ucrania, el Mar Negro, el Cáucaso
y Asia Central. Estamos en pleno proceso de un nuevo reparto del mundo, con
zonas de potenciales disputas y conflictos en procesos de balcanización, como
el Cercano Oriente y, fundamentalmente, África.
Este proceso sustituye el orden mundial establecido en Yalta
en 1946, que culminó formalmente en 1991 con el colapso de la Unión Soviética,
y se redefine a partir del surgimiento de China como potencia rival (periodo
1973-2015) y la consolidación de la Rusia de Putin desde el año 2000. Como
diría el poeta Walt Whitman: "La yerba crece, pero no la vemos
crecer".
Europa, por su parte, queda por su cuenta frente a Rusia y
tendrá que redefinir sus relaciones con los tres imperios y el resto del mundo.
Su principal desafío es la unidad política: siguen siendo 27 Estados nacionales
que, unidos, representan una potencia económica, tecnológica y pronto militar;
pero desunidos, ningún país tiene el tamaño ni la demografía necesaria para
encarar la tripolaridad del nuevo orden mundial en curso. En este escenario, la
India mantiene un peso propio y Japón encara sus propios desafíos.
África es un continente vasto, complejo y fragmentado,
marcado aún por el rezago a pesar de las grandes diferencias entre naciones. El
resto del globo se divide en escenarios regionales con subpotencias en
competencia: Alemania, Inglaterra y Francia en Europa; Israel, Turquía, Irán y
Arabia Saudita en Medio Oriente; y Egipto, Argelia, Marruecos y Sudáfrica en el
continente africano. A esto se suman los países con arsenal nuclear y aquellos
con capacidad de obtenerlo. En este esquema, América Latina, como conjunto,
desaparece como sujeto geopolítico.
El sur de Sudamérica se definirá, básicamente, por las
relaciones entre Brasil y Argentina, siendo el primero una subpotencia de
importancia global creciente debido a sus dimensiones. Como siempre, el mundo
en sus dinámicas históricas y coyunturales es una complejidad en proceso donde
nada es vaticinable con certeza. La incertidumbre y los conflictos inevitables
nos acompañarán.
El riesgo nuclear permanecerá como una amenaza latente, al
igual que los desafíos tecnológicos, los retos de la pobreza, la desigualdad,
la problemática ambiental y la fragilidad de los sistemas políticos. La lucha
por la paz y unas relaciones internacionales de respeto e intercambio pacífico
seguirán siendo exigencias necesarias en esta nueva etapa de la humanidad. La
historia sigue y estamos en ella; los tiempos cambian, pero la naturaleza
humana permanece.
Ángel Lombardi
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